Preferible un debate intenso que un silencio cobarde

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Foto: Carlos Ortega y Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

Una mañana rara: abres la portada digital del periódico y te encuentras con dos noticias, aparentemente inconexas, pero que hacen click en tu cabeza y se complementan de inmediato. Me pasó leyendo El Tiempo. El primer titular decía: “Los riesgos de un país sumido en la polarización, y el segundo iba así: “Habla Clint Smith: creador de la conferencia El peligro del silencio”.

Café en mano, gafas bien puestas y a leer. En el primer artículo, el de la polarización, se analizaba el debate que esta semana se vivió en el Congreso de Colombia y en el que varios senadores reclamaban verdades respecto a los supuestos vínculos del ex presidente (y hoy senador), Álvaro Uribe Vélez, con el paramilitarismo. Yo viví el evento vía redes sociales, porque está claro que mientras vas en un bus atravesando Barcelona, no te queda otro remedio que rezar para que la batería de tu móvil no muera mientras estás siguiendo los hashtags “debateparamilitarismo” y “estoyconuribe”.

De manera que vivir un debate de semejante calado a miles de kilómetros de distancia es emocionante pero no tensionante. Me refiero a que es difícil medir la efervescencia de la discusión que se pueda estar dando en una cafetería de Bogotá o en una universidad de Medellín respecto al tema. Y el artículo de El Tiempo intentaba llegar a la conclusión de que el país se está polarizando tanto políticamente que esto afectará el clima para firmar un acuerdo de paz en La Habana.

Y llegado a ese punto del análisis, este testimonio  llamó poderosamente mi atención:

“A punta de acusaciones penales y mirando hacia atrás, vamos a tener una política que va a estar enredada en sus propios odios mientras se habla de paz”, dijo Iván Garzón, director de Ciencias Políticas de la Universidad de la Sabana.

¿De manera que no nos podemos permitir resolver los pendientes en materia penal ni mirar hacia atrás para enmedar los errores? Siento contradecir al señor Garzón y a los diferentes personajes que apoyan esta tesis pero creo que si algo le hace falta a Colombia es sentarse de una vez por todas a aclarar crímenes. Y si la vía penal no aplica (porque los implicados tienen fuero judicial) habrá que hacerlo por la vía política. Y si el escenario natural del debate es el Congreso pues habrá que pedirles a los senadores que hagan lo que les obliga su cargo: argumentar, probar, denunciar.

Que yo recuerde, nunca ha habido un clima ideal para cerrar procesos de negociación en Colombia. Nunca. Siempre ha surgido algo que enrarece el ambiente, que tensa a las partes, que impide la firma de la paz. Y eso no es porque se polarice el país respecto a una postura u otra. Eso es, porque hay tanto por definir que difícilmente se logra un pleno consenso. Si se llega a un acuerdo de mínimos sobre reforma agraria, a lo mejor no hay ninguna concesión sobre participación política de desmovilizados pero sí se asoma algún punto en común respecto a compensación a las víctimas.

Cualquier proceso de negociación en Colombia, desde que yo tengo uso de razón, ha estado cargado de polarizaciones… Así que, ¿de cuándo a acá este empeño de El Tiempo por alivianar el “clima” imperante para facilitar una salida exitosa al proceso de La Habana? Para mí, el éxito estaría dado en un debate abierto, democrático y argumentado a todos los niveles políticos y estamentos sociales.

Pero está claro que tememos a la palabra. Salimos corriendo cuando tenemos que defender a alguien, decir la verdad, contradecir al otro o resolver un conflicto. Preferimos el silencio. Y ahí es cuando entra en mi neurona el discurso del profesor y poeta, Clint Smith en una de las famosas conferencias TED:

El silencio es residuo del miedo. Es sentir tus defectos, es morderte la lengua. (…) El silencio es el genocidio de Ruanda. El silencio es Katrina. Es lo que se escucha cuando ya no hay más bolsas para cadáveres. Es el sonido después de que la soga ya está tensa. Es el quemar. Son las cadenas. Es el privilegio. Es el dolor. No hay tiempo para elegir tus batallas cuando tus batallas ya te han elegido.”

Un país sin tregua

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Imagen tomada de diarioadn.co

La noticia del alto al fuego permanente en Gaza nos alegra a todos, sin importar si estamos más a favor de un bando que del otro o si no entendemos ese conflicto o si lo sentimos muy lejano. Me atrevo a afirmar que a todos, sin excepción, nos gusta saber que ya no hay bombazos cada dos por tres ni niños mutilados ni ataques indiscriminados.

La palabra “tregua” siempre deja buen sabor de boca. Da la sensación de que sí es posible arreglar los problemas más graves sin necesidad de una bala de por medio.

Sin embargo, también me atrevo a decir que hay un país tan condicionado por el odio que cualquier asomo de paz o de justicia le parece inútil e insuficiente. ¡Ya me lincharán!, también lo sospecho. Pero tengo que decirlo: a los colombianos, en general, les molesta que se plantee un diálogo con los grupos guerrilleros; les choca que una persona que ya ha cumplido con su condena judicial salga a la calle  y les molesta pensar en opciones políticas para personas que deciden dejar las armas.

Y sí, me refiero al actual proceso de negociación con las FARC, a la salida de la cárcel de ‘Popeye’ (quien fuera máximo lugarteniente de Pablo Escobar) y  a todas las opciones que se barajan siempre que se habla de fin del conflicto armado.

Confieso también que uno de mis máximos recelos para volver a vivir en Colombia es la agresividad de la gente. En el trato diario, en la fila, en el taxi, en las calles, en los eventos… Es como si no pudiéramos pasar más de diez minutos sin insultar, sin gritar, sin mirar feo, sin desearle mal al del lado.

Por supuesto que no intento generalizar. Está claro que mi país también está lleno de gente dialogante, tolerante, abierta a la discusión respetuosa, pero… la sensación general que te queda después de quince días en cualquier gran ciudad de Colombia es que no encanta la mala energía permanente. Como si no soportáramos momentos de paz y tregua. Como si la violencia estuviera alojada en el sistema nervioso central de cada uno de nosotros…