Preferible un debate intenso que un silencio cobarde

IMAGEN-14565336-2.png

Foto: Carlos Ortega y Juan Diego Buitrago / EL TIEMPO

Una mañana rara: abres la portada digital del periódico y te encuentras con dos noticias, aparentemente inconexas, pero que hacen click en tu cabeza y se complementan de inmediato. Me pasó leyendo El Tiempo. El primer titular decía: “Los riesgos de un país sumido en la polarización, y el segundo iba así: “Habla Clint Smith: creador de la conferencia El peligro del silencio”.

Café en mano, gafas bien puestas y a leer. En el primer artículo, el de la polarización, se analizaba el debate que esta semana se vivió en el Congreso de Colombia y en el que varios senadores reclamaban verdades respecto a los supuestos vínculos del ex presidente (y hoy senador), Álvaro Uribe Vélez, con el paramilitarismo. Yo viví el evento vía redes sociales, porque está claro que mientras vas en un bus atravesando Barcelona, no te queda otro remedio que rezar para que la batería de tu móvil no muera mientras estás siguiendo los hashtags “debateparamilitarismo” y “estoyconuribe”.

De manera que vivir un debate de semejante calado a miles de kilómetros de distancia es emocionante pero no tensionante. Me refiero a que es difícil medir la efervescencia de la discusión que se pueda estar dando en una cafetería de Bogotá o en una universidad de Medellín respecto al tema. Y el artículo de El Tiempo intentaba llegar a la conclusión de que el país se está polarizando tanto políticamente que esto afectará el clima para firmar un acuerdo de paz en La Habana.

Y llegado a ese punto del análisis, este testimonio  llamó poderosamente mi atención:

“A punta de acusaciones penales y mirando hacia atrás, vamos a tener una política que va a estar enredada en sus propios odios mientras se habla de paz”, dijo Iván Garzón, director de Ciencias Políticas de la Universidad de la Sabana.

¿De manera que no nos podemos permitir resolver los pendientes en materia penal ni mirar hacia atrás para enmedar los errores? Siento contradecir al señor Garzón y a los diferentes personajes que apoyan esta tesis pero creo que si algo le hace falta a Colombia es sentarse de una vez por todas a aclarar crímenes. Y si la vía penal no aplica (porque los implicados tienen fuero judicial) habrá que hacerlo por la vía política. Y si el escenario natural del debate es el Congreso pues habrá que pedirles a los senadores que hagan lo que les obliga su cargo: argumentar, probar, denunciar.

Que yo recuerde, nunca ha habido un clima ideal para cerrar procesos de negociación en Colombia. Nunca. Siempre ha surgido algo que enrarece el ambiente, que tensa a las partes, que impide la firma de la paz. Y eso no es porque se polarice el país respecto a una postura u otra. Eso es, porque hay tanto por definir que difícilmente se logra un pleno consenso. Si se llega a un acuerdo de mínimos sobre reforma agraria, a lo mejor no hay ninguna concesión sobre participación política de desmovilizados pero sí se asoma algún punto en común respecto a compensación a las víctimas.

Cualquier proceso de negociación en Colombia, desde que yo tengo uso de razón, ha estado cargado de polarizaciones… Así que, ¿de cuándo a acá este empeño de El Tiempo por alivianar el “clima” imperante para facilitar una salida exitosa al proceso de La Habana? Para mí, el éxito estaría dado en un debate abierto, democrático y argumentado a todos los niveles políticos y estamentos sociales.

Pero está claro que tememos a la palabra. Salimos corriendo cuando tenemos que defender a alguien, decir la verdad, contradecir al otro o resolver un conflicto. Preferimos el silencio. Y ahí es cuando entra en mi neurona el discurso del profesor y poeta, Clint Smith en una de las famosas conferencias TED:

El silencio es residuo del miedo. Es sentir tus defectos, es morderte la lengua. (…) El silencio es el genocidio de Ruanda. El silencio es Katrina. Es lo que se escucha cuando ya no hay más bolsas para cadáveres. Es el sonido después de que la soga ya está tensa. Es el quemar. Son las cadenas. Es el privilegio. Es el dolor. No hay tiempo para elegir tus batallas cuando tus batallas ya te han elegido.”

Anuncios

Perú me deja pensando

Había una vez un peruano muy triste. Decía que 25 de años de cárcel para el señor Fujimori eran injustos porque había hecho mucho contra el terrorismo.

Pausa en el cuento.

Reviso artículos, leo columnas de opinión, intento entender la situación. La condena ha sido calificada por casi todos los organismos como un hecho histórico e incluso hay muchos que califican el juicio como “impecable”. Al señor Fujimori se le condena como autor intelectual de dos matanzas: la de Barrios Altos, en 1991 y la de La Cantuta, en 1992. Sin embargo, tiene pendientes cuatro acusaciones más por corrupción.

Sigo el cuento. Nuestro amigo no es el único triste. Como él, miles de compatriotas gritan “chino inocente” y se unen al clamor de Keiko Fujimori para que la Corte Suprema resuelva la apelación en favor del ex presidente. Si no resulta, Keiko, la hija, la congresista, tiene un Plan B: llegará ella misma a la Presidencia del Perú e indultará a su padre.

¿Cuál es el argumento que justificaría un indulto? Al parecer, la sentencia es producto del “odio y la venganza” (según palabras de Keiko) y lo más importante, el señor Fujimori hizo mucho pero mucho para acabar con Sendero Luminoso y ésta no es la forma de pagarle.

El fin justifica los medios, el que no arriesga no gana, pagan justos por pecadores, en la guerra todo se vale.

¿Entonces para qué tenemos un Estado de Derecho? ¿Para qué defendemos la participación libre en elecciones ? ¿Por qué presumimos de democracias en Latinoamérica?

Y mientras intento entender por qué el 52% de los peruanos dice apoyar al señor Fujimori y el 25% está dispuesto a votar por Keiko para Presidenta, alzo un poco la mirada y me encuentro con una noticia de dos párrafos en la prensa colombiana: siete militares fueron condenados a treinta años de cárcel por un “falso positivo”. En enero de 2006 asesinaron a Edilberto Vásquez Cardona en la vereda Guineo Alto, en San José de Apartadó (Antioquia). Según su informe, Vásquez fue dado de baja en un enfrentamiento y “se le incautaron una granada de mano, un fusil Galil, 86 cartucho calibre 5.56, y un radio de comunicaciones”.

Nunca hubo tal enfrentamiento, aquel día, en ese lugar.

En otro punto de la geografía colombiana, pero en 2004, trece militares asesinaron a Diosides Caicedo Palomar. La Procuraduría acaba de destituirlos e inhabilitarlos por veinte años. ¿Por qué? Porque según el informe de la procuraduría aquel hecho fue reportado como “baja en medio de un enfrentamiento” y se pudo demostrar que “se intentó modificar la escena del crimen y los sindicados presentaron testigos falsos durante la investigación”.

Puedo seguir y puedo retorcerme mientras leo los cientos de “falsos positivos” que cada día descubrimos en Colombia, pero prefiero parar aquí. Prefiero confiar en que la justicia seguirá haciendo su trabajo y que algún día, como en Perú, veremos al señor U. compareciendo ante los tribunales.

Porque las responsabilidades son gubernamentales. Y aunque los soldados profesionales, los cabos y los sargentos sigan cumpliendo las penas que les sean impuestas, por encima de ellos hay altos mandos militares y por encima de los mandos hay políticas del Ejecutivo que encuentran eco en la popularidad y no pararán hasta convencernos de que la Seguridad Democrática pasa por el “todo se vale”.