El peso de la nostalgia

Cuando cubría noticias relacionadas con inmigración latinoamericana en España me inquietaban las actividades asociativas y consulares dirigidas a niños. Casi todas tenían que ver con geografía e historia “del país de tus padres”; comidas típicas del “país de tus padres”; canciones y tradiciones “del país de tus padres”.

¿Hasta dónde es legítimo heredar a los niños la nostalgia que conlleva la migración? ¿Por qué tienen que cargar los niños con los recuerdos de sus padres? Me preguntaba con insistencia.

Hoy en día, con un niño de año y medio correteando por la casa, estas preguntas se me hacen obligadas. Hace poco pasó la Navidad y empezó el debate mental: ¿que los regalos se los traiga el Niño Dios como sucede en Colombia; que cante el Cagatió al mejor estilo catalán o que lleguen a casa los Reyes Magos como en España y México (el país de su padre)? ¿Catalán o castellano? ¿América Latina o Europa?

La realidad, que siempre es más poderosa y más contundente con sus respuestas, me lo dejó claro: la Navidad, como tantas fiestas que podrán pasar a lo largo del año, tendrá un poco de cada punto geográfico, una ración de cada cultura. De todo, sin dramatizar.

Y creo que a este punto quería llegar desde un principio: ¿por qué tanto drama para lograr que los niños sean partícipes de la memoria de sus padres? La curiosidad natural que todos tenemos a cierta edad por explorar el mundo de los adultos tendría que ser el imperativo que marcara el encuentro entre las diferentes culturas que conviven en una misma casa.

Pero la verdad es que, en muchas ocasiones el niño o el adolescente tiene que disfrutar las vacaciones de verano en la casa de infancia de papá; tiene que ir a la procesión de la hermandad de la que hacía parte su mamá; tiene que entonar con igual emoción el himno del país aquel que dejaron sus padres hace tantos años; no puede pasar un fin de semana sin que coma las comidas típicas que saboreaban sus progenitores en su respectiva infancia, o debe asistir a la celebración de la fiesta patria en tierras extranjeras…

Vi a tantos adolescentes fastidiados con este tipo  de exigencias cuando cubría noticias sobre inmigración latinoamericana que siempre me dije: ¿y su propia infancia, y sus propios recuerdos, y sus propias tradiciones, qué lugar ocupan en la casa?

Quizás ahora que tantas familias se están regresando a sus países de origen, se estén dando discusiones de este tipo o los padres se estén dando cuenta de que sus hijos están emprendiendo su propio proceso migratorio dejando atrás amigos, idioma, canciones, recuerdos, lugares, fechas especiales que ellos mismos -en su momento- dejaron atrás cuando decidieron emprender camino a España.

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Un comentario en “El peso de la nostalgia

  1. Interesante reflexión! Todos los padres y madres tenemos la tentación de continuar en nuestros hijos e hijas aquello que habiamos vivido de pequeños (como si tuvieramos miedo de perder nuestro propio pasado). Pero ya lo dices: la realidad se impone. Todas las celebraciones son ya “híbridas”: en casa combinamos la Nochebuena con el dinar de Nadal; el “nuevo tió” (ese reinventado de la tradición ¿en las escuelas?) con el “tió de pagès” (el tronco escogido con los niños, que se calienta al lado del fuego y se quema el dia de Navidad -como habían hecho mis padres y antes mis abuelos-); los canelones de Sant Esteve con el panettone; y las uvas de fin de año con una cena halal.
    Y yo creo que esto es lo que hace a este país un lugar interesante! O sea que comparto tu idea de que a lo mejor deberíamos mirar más al presente y menos al pasado (esté dónde esté).

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