La indignación justa y necesria

Imagen tomada de cadenaser.com

Imagen tomada de cadenaser.com

El 15 de octubre, cuando miles de ciudadanos salimos a las calles para manifestar nuestro inconformismo con el sistema político y económico que nos gobierna, recibí un papelito de lo más inquietante. Se titula “El plan de Dios para su vida”.

Me quedé de piedra. Venía con el ánimo arriba, feliz de caminar entre tantos miles por las calles de Barcelona y tarareando una melodía-arenga de lo más pegajosa, que decía algo así como “mis derechos no los compras con dinero”, cuando una mano se extendió a mi paso y me entregó un tríptico pequeño pero sustancioso.

Parecía un mensaje en clave, venido desde los confines más recónditos del cielo: “El plan de Dios para su vida”. ¡Fantástico! Te manifiestas en contra de los especuladores, gritas furiosa contra el sistema hipotecario, agitas las manos en señal de aplauso silencioso para que no se diga que eres una terrorista en potencia y te indignas públicamente por los recortes en educación y salud, cuando -de pronto- sin mediar palabra, llega a tus manos el plan divino, la solución a todo.

“¡Qué efectiva resultó la manifestación del 15-o!”, fue lo primero que pensé. Dios, en persona, planifica para mí toda una estrategia para combatir la indignación que todavía hierve caliente por mi sangre.

Me apresuré a abrir y leer con detenimiento el plan. Para resumir, tengo que decir que consta de cinco pasos: reconocer, comprender, decidir, actuar y vivir. Más o menos viene a decir que todos los seres humanos estamos perdidos en el pecado y que “todos nuestros esfuerzos son inútiles” porque todo depende de Dios. Y entonces, si crees firmemente en la voluntad de Dios y le obedeces, tu vida plena está garantizada.

¡Y yo participando en protestas ciudadanas! Si es que todo está escrito y bien atado: una alta dosis de fe y mucha resignación. No hace falta más para aceptar que la vida es bella y para comprender, por fin, que la culpa de todo lo malo que pasa es mía y sólo mía.

Yo cotizo con mi trabajo a un sistema sanitario público que está al borde del colapso porque el gobierno cierra centros de salud, no contrata a más médicos y restringe los servicios que se pueden ofrecer. Mi culpa.

Yo tengo cuenta bancaria en una entidad que ofreció hipotecas a personas que no podían pagarlas, sólo por aprovechar el boom inmobiliario. Ahora, crisis arriba, esta misma entidad reclama como suyas las deudas y se niega a aceptar las casas como parte de pago. Mi culpa.

Yo no puedo votar en este país, pero si lo hiciera me encontraría con un sistema electoral que privilegia a los partidos más grandes. Es decir, los mismos de siempre. Aunque muchos votaran a los partidos más pequeños, éstos no tendrían oportunidad de llegar en una amplia mayoría al Parlamento. Mi culpa.

Yo trabajo duro durante horas y días y años para aspirar a una jubilación que cada vez se ve más lejana.  A medida que cumplo años, la edad de jubilación me la mueven un poco más hacia la tumba. Mi culpa.

Ya estoy más tranquila, la verdad. Me reconforta el alma saber que tanta resignación me conducirá a la paz interior; pero, sobre todo, me alivia pensar que el papelito de la salvación haya caído en manos de banqueros, políticos y empresarios inescrupulosos. Si ellos también concluyen que todo el caos a su alrededor es culpa suya, a lo mejor algo avanzamos.

Y por lo pronto, me guardo mi papelito como si fuera mantra. El plan para indignarme sólo lo justo y necesario.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s