La expulsión a Bolivia que nunca fue

Foto: Juan Carlos Ballardo

Cuando conocí a Rudt, me impresionó su coraje. Pese a que estaba nerviosa y acelerada, fue capaz de explicarme la historia de su hermano Darlin con pelos y señales, con fechas y hasta con rabias. ¿Por qué se relajó con los ‘papeles’? ¿por qué confió en que una abogada le eliminaría una vieja orden de expulsión y sacaría adelante su regularización? ¿por qué no se le hizo raro que  pasados más de dos años, no le llegara ninguna notificación?

Muchos “porqués” que hasta hace dos semanas parecían inútiles. Darlin estaba en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) y su expulsión era inminente: la juez había determinado que el 25 de mayo debía regresar a Bolivia.

El CIE que, por lo que cuentan quienes han pasado por allí, debería llamarse abiertamente Cárcel, no ofrece condiciones sanitarias ni garantías jurídicas para que una persona permanezca el máximo de 60 días que establece la ley. Cuenta Darlin que, además de maldormir, malcomer y gastar lo poco que llevas en llamadas desde una cabina y en la máquina de bebidas, te sientes como un delincuente: “por como te tratan, por el ambiente que se respira”.

Y no tener documentación no es delito, es falta administrativa, pero ya se sabe que esa lucha semántica se pierde cuando la temida pregunta. “¿papeles?” se te cruza a la salida del metro o en un barrio obrero. Ya se sabe que no vale explicar que hay un trámite pendiente o atorado por quién sabe qué traba. Ya se sabe que tampoco cuenta mucho tu historia personal. Pero Rudt decidió contármela a mí. Me dijo entre lágrimas que su madre y sus dos hermanos menores se están quedando ciegos por una retinitis pigmentosa y que con el dinero que Darlin envía se alivian sus cargas mensuales, y que sueñan con mandarlos a Cuba para un tratamiento médico.

Y la mamá no sabía que Darlin estaba detenido (o retenido, como prefieren decir las autoridades). Su chico la llamaba desde el CIE con una tarjeta prepago como si nada raro estuviera ocurriendo. Y el abogado de oficio tampoco sabía nada de esto porque no es relevante, porque “ya se ha determinado fecha de expulsión y no se puede hacer más”.

Pero sí se podía y Rudt lo hizo. Plantó cara ante la Subdelegacion de Gobierno y escribió, nerviosa como estaba, que revisaran el expediente, que Darlin sí ha intentado regularizarse pero que algo pasaba con su trámite, que lo miraran. Y lo miraron y lo resolvieron, porque esta mujer tenaz no se resignó… como parece que sí lo hizo el abogado de oficio.

Nota: Si quiere saber más sobre las condiciones de los CIE en España, le recomiendo este Informe del CEAR

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3 comentarios en “La expulsión a Bolivia que nunca fue

  1. Nubia dijo:

    Triste, indignante… ya sabes lo que pienso de cosas al respecto y lo insuficiente que resulta cualquier adjetivo. Pero por suerte tuvo final feliz y me alegro por Darlin y por toda su familia.

  2. Sí señoras! Lo que tendríamos que hacer es pedirles un poco más de profesionalismo a los “abogados de oficio” y un poco más de despabile a quienes están tramitando papeles. Que no les dé miedo y pregunten en qué van sus expedientes… porque me consta que muchos no arriman a la subdelegación por físico miedo

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