Muchas gracias don Tomás (Carrasquilla)

Ayer me preguntaba qué habrá sido de un libro con el que me reía mucho:  Lecciones de histeria de Colombia, de Daniel Samper Pizano. No me acuerdo si lo regalé o lo vendí antes de viajar a España o si seguirá en alguna caja en mi casa, en Medellín. Don Samper nos cuenta la historia del país a su manera (enredada y simpática) y nos hace pensar que casi siempre los colombianos nos enfrascamos en tonterías para no resolver lo que realmente importa.

Pero esto no es lo que venía a contar. Mientras daba un repaso a mi librero actual, en busca de estas Lecciones de histeria, me encontré con un verdadero flechazo al corazón. Mi colección de Cuentos de Tomás Carrasquilla. Me rebota de alegría cada vez que lo tengo entre las manos. Y no me da vergüenza admitir que aún lo conservo con un forro de payasitos y locomotoras que lo protege del polvo, los años y hasta de las malas vibras…

En su primera hoja claramente se lee:  “Zulma Andrea Sierra 6ºC  # 41”.Me explico: mi nombre (para dejar constancia que es de mi propiedad), que estoy cursando sexto grado (o lo que era lo mismo, primero de bachillerato) y que era la número 41 del salón, porque en aquella época nos enumeraban por orden de apellido.

Suspirando hondo para no entrar en detalles de aquellos años, ya lejanos, hojeo mi librazo. En el primer cuento, todo un clásico de la literatura colombiana titulado Simón el mago, subrayé las palabras que no entendía: desenfado, prole, abigarrada, embelesada, proezas, resarcía, solazarme e incruento.  El ejercicio, seguramente, consistía en buscarlas en el diccionario para no frenar la lectura. Pero ahora que lo pienso era difícil detenerse por no entender una palabra. El cuento está tan lleno de aventuras y de expresiones cotidianas de los antioqueños, que es una delicia incluso para quien tiene 12 años (como los tenía yo entonces).

Don Tomás Carrasquilla (1858-1940) pasó a la historia como uno de los mejores retratistas de las costumbres y los paisajes antioqueños. Investigando, me doy cuenta de que su gloria llegó tarde. Corría 1936 y se ganó el Premio Nacional de Literatura, pese a que en aquel entonces lo que dominaba la escena intelectual era la literatura modernista, una de cuyas sus banderas era, precisamente, huir del costumbrismo.

Pero todo eso yo no lo sabía cuando forré mi libro de Cuentos con un papel de regalo que encontré en mi casa y que, como ya dije, tenía payasitos y locomotoras. Supongo que me pareció ideal para que el libro no pasara desapercibido en los anaqueles. Vuelvo a hojear y me encuentro con mi cuento favorito: El ánima sola.

¡Ah! esa historia se aleja tanto de los paisajes antioqueños y se acerca tanto a los castillos medievales que creo que por eso me fascinaba: porque me permitía imaginar mundos distintos. Flor de Lis y Timbre de Gloria, sus protagonistas, son las víctimas de una palabra:  “Pero…”

Ese es el punto de partida de una historia que todavía me impacta. Debe ser porque vivo de las palabras, porque sé de su poder y de su fuerza. ¡Ah! cuánto daño puede causar un “pero” con puntos suspensivos en una persona que necesita certezas. ¡Uy! cuántas frases incompletas andan por ahí generando confusiones y originando malentendidos.

Gracias de nuevo don Tomás y sepa que tendrá por siempre un lugar de excepción en mi librero…

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7 comentarios en “Muchas gracias don Tomás (Carrasquilla)

  1. Camaché dijo:

    No siempre estoy con el antojo de comentar cosas largopensantes. Pero en esos casos, igual me gusta dejar constancia de que he leído. Así que: Te he leído. Y me gustó lo que leí.
    Saludos.

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