A Madrid…

Mucho se ha escrito sobre la poética de las ciudades y no pretendo revelar ninguna nueva verdad. Pero en estos días ratifico que esos recuerdos en forma de calles, olores, sonidos y esquinas nos instalan en un tiempo y nos dejan huellas indelebles de una etapa muy precisa de nuestras vidas.

Las ciudades se te pegan a la piel como el mejor de los amantes, porque mientras las transitas, las vives o las padeces te las vas guardando en la memoria. Consciente o inconscientemente llevas contigo esa puerta, esa acera, ese monumento, esa plaza y esa estación de metro.

Se te clavan muy adentro los recuerdos asociados a un espacio. Y cuando esa ciudad no es la misma en la que naciste, el recuerdo puede parecer más intenso, más nítido. Es como si el cuerpo quisiera grabarse cada detalle de esa ciudad que adoptas (o que te adopta). Como si el cuerpo supiera que no eres de aquí, que estás de paso. Por un mes o por un año o por toda una vida… no se sabe cuánto tiempo pasarás aquí pero estás, es tu ahora. Y aunque la quieras o la detestes, esa ciudad va contigo a todas partes, está en tu interior.

Quieras o no, la urbe que recorres ya te recorrió a ti.

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