Nostalgia a cuestas

¿Qué motiva a una persona a dejarlo todo y a todos para moverse a otro país?  Las razones económicas son más que evidentes y están más que analizadas. Yo me refiero a lo que te impulsa, a esa energía que no se sabe de dónde, sale y te empuja como un cohete para vender lo poco que puedas, endeudarte, comprar un pasaje de avión y despedir con lágrimas y abrazos a todos los que hacen parte de tu vida…

¿Cómo cortas el cordón umbilical que te ata a tu familia, a tus amigos, a tu país y te subes en un avión rumbo a lo desconocido? ¿Por qué si sabes que sufrirás los primeros meses e incluso los primeros años, te enfrentas al miedo y rompes con muchos esquemas y le levantas a diario con la esperanza de que progresarás en este nuevo país?

Las respuestas no son tan fáciles como muchos piensan. No es tan simple como decir necesito dinero o necesito reconocimiento o necesito respirar nuevos aires.

Todas las razones que fluyen por tu cabeza cuando te planteas migrar, se desmoronan cuando al otro lado del teléfono escuchas que tu madre o, peor aún, que tus hijos lloran. Y no hablo de las conversaciones emotivas que uno puede sobrevellar con estoicismo cuando tiene sobradas justificaciones para seguir luchando fuera de su patria. Hablo de esas conversaciones telefónicas profundas, sentidas y terriblemente abrumadoras. Cuando esa persona que tanto quieres enferma, se deprime, tiene problemas serios o, en el peor de los casos, cuando esa persona que tanto quieres y no puedes abrazar, acaba de morir y tú no estás ahí para despedirla.

Debo confesar que ése ha sido siempre uno de mis más grandes temores. Que  prefiero no pensar en una situación así pero cuando me lo planteo, vuelvo a la pregunta del principio: ¿por qué ‘coño’ me moví a tantos kilómetros de mi casa, de los míos?

Esta semana tuve en mis manos la foto de una anciana y su nieto de ocho años. La mujer es campesina y por lo que se puede deducir, llegó al estudio fotográfico con sus mejores galas. El niño, impecable y bien peinado, muestra una gran sonrisa. Ella, no. Se ve que a ella todavía le cuesta eso de sonreírle a un lente. Desde Yapacaní, un pueblo boliviano, la abuela y el nieto enviaron la foto a Nilda, la madre del niño.

A Nilda la mataron hace poco en Barcelona. Y cuando tuve en mis manos la foto de los suyos, sólo podía pensar en su lejanía… Todavía no asimilo las grandes distancias, sobre todo en circunstancias trágicas como ésta.

Me cuesta entender que los inmigrantes nos movamos por el mundo con tantas dificultades y además, con tantas nostalgias a cuestas…

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