Papi: esta vez no votaré

Desde que saqué mi primera cédula no he dejado de votar. Mi papá repetía cada cuatro años que era un deber y un derecho acercarse a las urnas y decidir por uno mismo el futuro de la democracia.

Recuerdo que en mi infancia me causaba mucha curiosidad verlo llegar con su dedo índice manchado con tinta roja y presumir de su obediencia al Partido Liberal. Ponía la radio casi todo el día y estaba pendiente de los escrutinios, y se emocionaba si su glorioso Partido se hacía con el poder. Desde que tengo memoria electoral, mi papá celebró con una taza de café y el periódico en la mano, el triunfo de Virgilio Barco, César Gaviria y Ernesto Samper. Con Uribe fue diferente.

Uribe no se presentaba como candidato liberal sino como líder del movimiento Primero Colombia, pero mi papá lo recordaba como liberal y contaba historias de su paso por la Gobernación de Antioquia y por el Senado. Creo que estaba un poco desconcertado, porque no entendía muy bien eso de los movimientos pequeños que podían lanzar candidatos. No estoy muy segura si depositó su voto por el prometedor Uribe o por el designado liberal, Horacio Serpa. Pero de lo que sí me acuerdo es que mi papá dijo que no importaba si a uno no le gustaban los candidatos, que había que votar, porque era un derecho y un deber irrenunciables. Él creía (y supongo que aún cree) ciegamente en la democracia, porque vivió ‘la violencia de los años 50’, y también vivió el Frente Nacional y no le gustó.

A mi papá le encanta la democracia y siempre me lo ha dejado tan claro que lo tengo grabado con tinta indeleble en mis razonamientos más básicos sobre Colombia. La democracia es bonita, la democracia es buena, la democracia nos hace libres. Estas frases componían mis primeras lecciones sobre historia política y mi papá aparece en ellas como protagonista indiscutible.

Hace poco recogí mi cédula nueva, ésa que me da derecho a participar en las elecciones de 2010, y en mi interior se debaten dos voces contradictorias: la de mi papá y la de mi conciencia. El primero, por supuesto, me insta a ejercer mi derecho y la segunda, me susurra que es inútil, que ya no vale la pena.

La decepción que me invade cada vez que leo las noticias que provienen de Colombia, me están impulsando a guardar la cédula en un cajón.

Papi: la democracia colombiana no es tan bonita como me enseñaste y a este pozo cada vez se le ve menos el fondo. Lo siento, pero ya decidí que las de 2010 serán las primeras elecciones en las que no participaré. Por honestidad, es lo mínimo que se merecen las lecciones de historia que me diste.

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