Pelo nervioso

Estaba muy nerviosa. Era evidente, no sólo por el tono de su voz sino porque le temblaba el pelo. Me di cuenta porque yo estaba detrás de ella y nunca había visto cómo podía temblarle el pelo a alguien.

Es colombiana y tenía que permanecer de pie, declarando ante la juez. Contaba que había llegado a casa de una mujer catalana con el encargo de cuidar a su madre anciana. Contaba cómo la mujer la contactó, a través de una monja que ambas conocían y también detallaba cómo la había recogido en el hostal que la Cruz Roja tiene en la calle Balmes. Mis oídos la escuchaban y mis ojos veían a la juez y a la abogada de oficio. Ambas estaban exasperadas. No podían entender cómo esta mujer perdía el valioso tiempo que le ofrecía la justicia explicando detalles que nada tenían qué ver con la denuncia.

Yo sufría en silencio. Tenía muchas ganas de decirle a Juliana que era mejor que pecara de maleducada y explicara su historia en menos de dos minutos. Que no se alargara, que no adornara, que no agregara. Que todo eso lo hacemos en Colombia, pero aquí no. Que aquí les estorba tanta buena manera y tanta dulzura.
Que se ciñera a los hechos -como le decía la abogada- pero ella no entendía “ciñera” (con la “ce” pronunciada entre lengua y dientes y con tantos nervios que traía).

Y yo me ponía más ansiosa tratando de sacudir a Juliana. Con ganas de parar el tiempo y congelarlos a todos, menos a ella, y decirle que resumiera, que les contara lo que me contó a mí pero con palabras más precisas y escuetas.

Finalmente, logró contar que su nueva jefa la insultaba, le gritaba y la humillaba. Que sufrió maltrato psicológico durante la larga semana que vivió en esa casa tratando de cuidar a una mujer anciana.

La jefa también habló. Desmintió a Juliana.
Quedaron las dos mujeres con sus palabras como defensa.
La versión de una contra la otra.

Le creo a Juliana. Le creo a su pelo nervioso y a sus ganas de llorar y a sus manos sin callos repitiéndome que ella en Colombia era maestra, que era la primera vez que se enfrentaba a un trabajo doméstico en un país nuevo, con una jefa que le gritaba.

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