Lo que sale de un tarareo soportable

Cuando por fin encuentro un asiento en el metro y abro el periódico a gusto, la señora de al lado se pone a tararear. Si hoy no fuera hoy, rápidamente hubiera explorado el vagón en busca de otro asiento. Sí, soy intolerante con la que gente que a mi lado silba, chasquea los dientes, se hurga en las uñas o hace ruiditos con el chicle. Pero hoy era hoy y mis sentidos tenían la capacidad de abstraerse y además, el tarareo era remoto, armónico, casi casi una nana placentera.
Total que alcancé a leer la columna de Pepa Bueno sobre Irán. De cómo cuando estaban a punto de aterrizar en Teherán, hace dos años, todas las pasajeras cubrieron sus cabezas y se taparon con largos abrigos. También resaltaba doña Pepa que encontró muchas funcionarias públicas, que el 65% de los estudiantes universitarios eran mujeres, pero que le tocó ver cómo “detenían a las que se dejaban caer el pañuelo sobre los hombros o marcaban demasiado la figura”. Y remataba con una afirmación que ya había escuchado antes: en términos jurídicos la vida de una mujer en Irán vale la mitad que la de un hombre.
Y creo que en mi cabeza se hizo un corto circuito, porque hoy era hoy y antes de subirme al metro venía pensando en El último patriarca, la novela de Najat El Hachmi. Es la historia de la familia emigrada desde Marruecos hasta Cataluña y sobre todo, es la historia de la rebeldía de la hija. Ella solita y sobrada de coraje se enfrenta a las férreas doctrinas impuestas por su padre y por la tradición.
Decía que me daba vueltas la historia antes de coger el metro, porque de alguna manera llegué a sentir que la rebelión de la hija contra el padre es de las más dolorosas y complejas. Yo misma enfrenté muchas veces las contradicciones de negarme a repetir los esquemas con los que crecí y de intentar agradar a quienes me vieron crecer. Romper moldes siempre es difícil y tienes que estar preparado para que te califiquen y te estigmaticen, para que -en el mejor de los casos- se ponga en duda tu reputación.
Superada esa etapa y mirando atrás pienso que valió la pena. Que finalmente logré armar mi propia armadura a prueba de prejuicios y conseguí el apoyo, la comprensión y, en mucho casos, el silencio cómplice de quienes me vieron crecer.
Reconecto con Pepa Bueno y con Najat El Hachmi y sólo puedo esperar que los cientos de esquemas machistas, autoritarios y cargados de ignorancia que aún imperan en muchas familias se topen con adolescentes y mujeres valientes, capaces de ir modelando nuevas formas de relacionarnos, de enfrentar la vida.
Foto: Najat El Hachmi no sólo ganó un premio catalán por su novela sino que también es excelente columnista de El Periódico de Catalunya. ¡Recomendada!
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3 comentarios en “Lo que sale de un tarareo soportable

  1. carlos lópez-aguirre dijo:

    Todas las luchas generacionales son difíciles y casi siempre largas. Y si a eso mezclamos los prejuicios de género, la situación es mucho peor. Pero lo más grave es que parece que no hay una luz al final del camino para que esto se acabe. El machismo, ese homosexualismo disfrazado, como lo describió Carlos Fuentes, parece que seguirá por mucho tiempo.

  2. Sol dijo:

    Yo también odio y recontra odio la gente que hace ruidos en el metro/tren/bus, especialmente cuando mascan chicle y hacen globitos!!La lucha contra el machismo es una de las más difíciles, porque, a modo de ejemplo, hoy por hoy ¡aún! no es políticamente incorrecto, en nuestra super sociedad moderna, recibir comentarios misóginos en tu mundo cotidiano ("si la jefa se enoja, es una histérica; si lo hace el jefe, tiene carácter") , si te quejas, eres una exagerada y una grave. Pero anda hacer el mismo comentario "sólo a modo de bromita" aludiendo a un discapacitado o un gay, ahí te queman, pero si te ries de la mujer…no.Y sí, si esa lucha social/laboral es la complicada, la más dolorosa y difícil es la que se da en el seno familiar, cuando esa niña o adolescente se atreve por primera vez a no levantar el plato del papá o del hermano, y más áun, osa preguntar "¿y por qué no lo haces tú?". O a relevarte con la madre porque te pide que la ayudes a lavar los platos, mientras el hermanito parte a jugar con los autitos. Cuando logras romper ese círculo, creo que logras más que con mil marchas o proyectos de ley, aunque obvio, no digo que no sean igual de necesarios.

  3. ZAS dijo:

    Somos unas intolerantes… jejejeje… casi casi antisociales!!Estoy completamente de acuerdo con vos: esas pequeñas batallas cotidianas y familiares son más revolucionarias que cualquier pancarta, porque son batallas que se libran prácticamente en soledad y corriendo muchos riesgos.Un abrazo!

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