Seguiré intentándolo

Alguna vez le escuché a don Javier Darío Restrepo que si un periodista se encontraba frente a un accidente de tránsito, su trabajo no podía ser rescatar víctimas sino, informar. A través de su información, podría atraer la atención de ambulancias, bomberos, personal especializado en este tipo de emergencias.
¿Cuesta tanto entender este papel? Sí, cuesta mucho.
Parece raro, pero los primeros que subestimamos nuestro trabajo somos los mismos periodistas. Si el médico salva vidas y el ingeniero construye puentes, ¿por qué vale menos que el periodista informe, cuente historias, denuncie, en últimas, preste un servicio a la comunidad para la que trabaja?
Como poder, decía el mismo Restrepo, el periodismo ya comprobó que no lo hace bien, porque al final termina aliándose o poniéndose a la orden de otros poderes. Entonces ¿qué nos queda? que la gente tenga confianza en el produto-medio que consume y para ganarse esa confianza es indispensable ofrece información útil. La gente ya no se arrima a los medios sólo por curiosidad, se acerca esperando que eso que lee, ve o escucha le sirva para algo en su cotidiano vivir.
No hay nada que me ofenda más que un potencial cliente me diga: “esa foto la podría tomar yo” o “ese articulito lo escribiría cualquiera”. Y el tono lastimero con que se acompañan estas frases da pie a un seguido “hazme el favor” “no me cobres tanto”. ¿Se atreverían a pedirle lo mismo al médico, al arquitecto, al ingeniero? Seguro que no.
A nosotros, los periodistas, se atreven a lanzarnos semejantes frases porque saben que encontrarán buen puerto. Que nos vendemos por lo menos, que en el fondo intuímos que sí, que cualquiera puede agarrar su blackberry o su cámara casera, tomar la foto, hacer el video y enviar tres párrafos mal escritos. Y lo peor, es que ese cualquiera encontrará quién le publique y se irá feliz viendo su nombre en letras de molde, porque ésa al final será su única recompensa.
No tengo nada en contra del periodismo ciudadano, es más, lo defiendo como tendencia, sobre todo tomando en cuenta lo vertiginosos que resultan los modernos medios de comunicación; pero no me resigno a creer que la sociedad admita esta nueva forma de hacer periodismo como su aproximación más legítima a la realidad.
¿Así de banalmente estamos enfrentando nuestro siglo XXI? ¿Basta con tres líneas y una instántanea para comprender lo que nos rodea, para no cuestionarnos qué hay más allá de la imagen con la que intentan deslumbrarnos?
Y volviendo al papel del periodista profesional, ¿estamos haciendo lo suficientemente bien nuestro trabajo como para infundir respeto y credibilidad o nos estamos quedando sentados frente a Internet pulsando el “copy paste” cada vez que encontramos un párrafo interesante?
Cada vez que me planteo estas cuestiones me enfrento a mis propios dilemas profesionales con algo de miedo y mucho de incertidumbre. Pero levanto la cabeza y sigo creyendo firmemente que contar historias es un oficio hermoso y que saberlas contar es un oficio envidiable y hasta que la decepción no me apabulle, seguiré intentándolo…
P.D. También estoy harta de que en los anuncios de trabajo clasificados como “comunicación y periodismo” te ofrezcan ser azafata de eventos o vendedor de anuncios publicitarios.
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