Sin aviones

Cierro los ojos y estoy ahí. No me hacen falta aviones. Basta con cerrar los ojos.

Veo el cielo muy azul, las calles muy llenas de gente, las aceras del Centro rebosantes con los muñecos de moda, el río muy iluminado, los adornos por todas partes, el rojo, el verde y hasta el blanco de una nieve inexistente que nos empeñamos en poner en nuestros árboles de plástico y nuestras vitrinas.

Cierro los ojos y escucho. Música estridente, escandalosa, maravillosa. “Me dejó una chiva, una burra negra una yegua blanca y una buena suegra…” Me dejó, me dejó, me dejó… cosas muy bonitas.

Escucho también el himno del DIM, digno subcampeón. Y al fondo se oye un “Tutaina tuturumá”. Que se acabó la novena, sí, pero algún niño despistado sigue tocando la pandereta.

Cierro los ojos y huelo. Por un lado buñuelos, por el otro chicharrón recién frito, por allí una natilla con canela. Más allá un lechón relleno. Y también huele a vino de manzanas y a arepas y a pavo al horno.

No quiero abrir los ojos. Estoy allí y me encanta…

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