Lo que no se olvida

En noviembre de 1985 yo tenía nueve años, estaba en tercero de primaria y tenía miedo.
El día 6 una columna del M-19 se tomó el Palacio de Justicia y el día 13 el volcán nevado del Ruiz explotó, borrando del mapa el pueblo de Armero.
Yo estudiaba en un colegio de monjas y recuerdo que cada salón de clase tenía un parlante. Por ahí escuchábamos a la directora del colegio y aquel 13 de noviembre su voz entrecortada nos pedía que rezáramos porque mucha gente estaba muriendo en lodo, que un volcán había explotado. Había pasado sólo una semana desde la Toma del Palacio de Justicia, así que las imágenes entremezcladas de muertos, fuego y lágrimas que pasaban por la televisión, se me juntaron en la cabeza y nunca más se han ido de ahí.

Hoy, 6 de noviembre de 2008, cuando se cumplen 23 años de la Toma del Palacio sé que hubo 55 muertos (entre ellos once magistrados) y que once personas más se reportaron como desaparecidas, a pesar de que hay quienes dicen haberlos visto salir con vida del edificio en llamas. Hoy, 23 años después, sé que la Fiscalía adelanta una investigación seria sobre el caso. ¡23 años después!

De los desaparecidos no se sabe mucho, pero de los culpables sí. Hasta ahora han involucrado formalmente a doce militares que ya rindieron indagatoria y como vencieron los términos del delito, no se les puede dejar detenidos pero sí “vinculados” a la investigación. No sé exactamente qué significa eso en términos jurídicos, pero sí sé que me produce un alivio muy grande saber que no perdemos la memoria, que en algún lugar de algún despacho judicial, alguien está reconstruyendo pedacitos de esta historia nuestra tan llena de muertos y de preguntas sin resolver.

Uno de los sobrevivientes del Palacio, que se exilió en Estados Unidos con su familia, decidió volver, 23 años después, para dar su testimonio. Según cuenta el ex magistrado, ese día los militares intentaron detenerlo como presunto guerrillero. Logró escapar y recuerda que los uniformados -aquellos representantes de un gobierno que no quiso o no supo resolver la emergencia con diplomacia- hablaban de “acabar con todo lo que se moviera”.
No se me olvidará jamás la imagen de los tanques de guerra entrando al edificio y los sonidos de una balacera que parecía interminable. ¡Qué miedo tenía! y en ese momento no sabía que dos semanas después estaría llorando frente a la tele viendo la imagen de una niña atrapada entre troncos. Se llamaba Omaira y se convirtió en el símbolo de la tragedia de Armero, el pueblo fundido por un volcán.

Hoy sé que semejante tragedia le cayó como anillo al dedo al gobierno. Olvidábamos la Toma sangrienta del Palacio y nos concentrábamos, como Nación, en ayudar a un pueblo destrozado.

23 años después los armeritas sobrevivientes se reúnen en Bogotá o en Ibagué, donde estén radicados, para darse apoyo mutuo, para no olvidar que sus familias y sus amigos desaparecieron en un episodio doloroso e intempestivo.

23 años después, no nos resignamos a olvidar.
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