MUERO DE FE

“Alianza de optimistas contra las malas noticias”. Así se titulaba una nota, corta pero bien ubicada, en el periódico de ayer. No pude resistirme. Se trata de un nuevo colectivo creado en Facebook que el 2 de noviembre tuvo su primer encuentro cara a cara, su primera concentración pública, justamente coincidiendo con el Día Mundial del Optimismo. Vestían con prendas de color naranja porque, al parecer, es un color optimista y luchaban, con pancartas y consignas, porque en los medios de comunicación aparezcan más noticias positivas. Según ellos, las noticias negativas, sobre todo las que hablan de crisis, incentivan el pesimismo.

Me pregunté si los periodistas éramos gente pesimista. Hice un repaso mental por mis colegas y tuve que negar rotundamente esa teoría. Esta gente (incluida yo) que se deja diez y doce horas diarias en una redacción es más alegre de lo que sus lectores, televidentes u oyentes pudieran imaginar. Pese a las noticias escalofriantes con las que a diario se topan, la mayoría de los periodistas que conozco reenvían chistes por correo electrónico, compran la lotería y les ponen apodos a los personajes públicos. Gente optimista, sin duda, que tiene en sus manos el deber de informar. Una cosa muy seria, claro, pero serio no es sinónimo de pesimismo.

Nuestra materia prima son las palabras y éstas, ya se sabe, tienen un poder incalculable. Crisis, desempleo, pobreza, costos, conflicto, muerte… todo eso junto, en varias dosis al día, puede generar dolor de cabeza. Pero, ¿genera también pesimismo? ¿me produce menos ganas de vivir la lectura diaria del periódico? personalmente, no. Y eso que, además de leer los de aquí y los de Colombia, escribo para otro; así que tendría que ser una persona terriblemente negativa.

Y no. Pero tampoco sobrevaloro el optimismo. No me visto de naranja, ni quiero unirme al grupo de Facebook que aboga por noticias optimistas. Tampoco huyo de los pesimistas. Absorbo las noticias como lo que son: un reflejo parcial de la realidad y quiero creer que quien las ha elegido o las ha escrito, fue consciente del poder de sus palabras.

Puedo morir de fe, de ingenuidad. Pero no de pesimismo.

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