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¿Dónde está mi cebra?

Esta mañana escuché una noticia preciosa. En el zoológico de Gaza pintaron dos burros como si fueran cebras y los niños están felices. Nunca habían tocado una cebra y éstas encajan perfectamente con las imágenes que tenían de ellas. Creo que si supieran que, en realidad, son burros pintados, no les importará mucho: son sus cebras, y punto.
El dueño del zoo también está feliz: traer cebras auténticas superando el bloqueo de Israel le hubiera costado mucho más que los mismos animales.

Al mediodía recibí una noticia sorprendente. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, es el Nobel de la Paz 2009. Yo pensaba que los premios Nobel se entregaban a una obra, a una vida, pero se ve que no. Dicen que este premio es una petición expresa de la comunidad internacional para que actúe, para que se comprometa, para que convierta en hechos sus emotivos discursos. Y por supuesto que es un guiño a la diplomacia estadounidense, un aplauso al prometido cambio de política internacional… Prometido, porque del dicho al hecho ha habido poco. Porque Afganistán, Irak y Guantánamo (por mencionar sólo sus frentes militares más mediáticos), siguen ahí, esperando retiradas, acciones humanitarias y pactos políticos.

Y me quedé pensando en la ilusión de los burros vestidos de cebras, en la emoción de los niños que no distinguen pinturas, que se alegran pensando sólo en el disfrute, que no cuestionan el engaño porque por fin están volviendo realidad un sueño.

Así me quería sentir yo si el Nobel hubiera mirado a mi país. No me hubiera importado si se lo daban a Ingrid Betancur o a Piedad Córdoba, porque en últimas lo que importaba para mí era que Colombia entrara en la agenda internacional de la paz. Que se le diera un impulso a la liberación de los secuestrados, que se hablara del conflicto que nos hunde como nación, que se recontaran desplazados… ¡En fin! Que apareciéramos en las primeras planas internacionales para ver si por fin, con la vergüenza de ser vistos en pelotas, nos dejamos de personalismos y actuamos como país.

Ya se sabe que no damos tanto caché como Birmania o China o Suráfrica en lo que a derechos humanos se refiere, pero merecemos tener nuestros burros pintados de cebra, necesitamos una ilusión colectiva que nos haga reaccionar.

MUCHA FE

Este fin de semana tuve dos acercamientos a Kenia a través de la prensa. El primero y más impactante, fue el reportaje dedicado a Sammy Gitau y el segundo, el retrato de la familia negra de Barack Obama.

Este último, prácticamente no necesita presentación: el flamante candidato a la Presidencia de Estados Unidos no oculta que su padre fue keniano y que su abuela de crianza, hermanos y primos todavía viven cerca de Nairobi. Lo que más me llamó la atención de su familia y conocidos es que crean que un triunfo del demócrata mejorará las cosas en Kenia. Incluso uno de los entrevistados decía que se conformaría con que Obama metiera en la cárcel a todos los funcionarios corruptos de su país.

Ya no se trata sólo de la fe que se pueda depositar en el gobierno más poderoso del mundo, sino de la confianza plena en un individuo. No deja de inquietarme el excesivo optimismo que demuestran los kenianos en una figura que puede estar tan alejada de su vida cotidiana como el mismo Washington.

Uno de los analistas consultados explicaba que “los africanos piensan que los presidentes son omniscientes y omnipresentes”. La ilusión en un hombre que cambie todo, que mueva los hilos necesarios con su sola presencia, puede evidenciar que estamos ante una sociedad muy ingenua, muy estática o muy cansada.

Sin embargo, de esa misma sociedad surgen personajes como Sammy Gitau. Para resumir, diré que no terminó la secundaria y por lo tanto, no tiene título universitario, pero sí un Postgrado en Desarrollo Internacional, otorgado por la Universidad de Manchester. ¿Cómo es esto posible? Por la fe. Esa misma que parece sobrar en Kenia.

Desde que encontró un folleto de la Universidad, en un vertedero, se lo guardó con la esperanza de adelantar ese prometedor curso. El día llegó cuando conoció a un cooperante de la Unión Europea y le contó lo que realmente quería en la vida. Después de muchas instancias lograron lo que parecía impensable: una beca completa para estudiar y ayudas económicas para el alojamiento y la manutención.

Graduado y orgulloso, Gitau no me dejó sin aliento por su hazaña (ya de por sí admirable) sino por su lucidez: “El inconveniente de la mayoría de las ONG es que quieren controlarlo todo desde arriba. Cuanto más dinero gastan en ti, más quieren controlarte. Y lo malo es que la gente quiere, por encima de todo, que se la trate con respeto (…) El mundo está demasiado obsesionado con los derechos humanos y se ha olvidado de la dignidad humana”.

El hombre dirige un centro de recursos para mejorar las perspectivas de los jóvenes de Mathare, una de las barriadas más pobres de Nairobi. Lo que busca, en últimas, es poner en práctica su tesis de grado: idear formas de aprovechar el talento de la gente.

Si juntáramos a Obama y a Gitau tal vez hallaríamos muchos elementos comunes, muchas ganas compartidas de cambiar la realidad de Kenia, pero no sé hasta qué punto con el mismo objetivo final.

Al primero le conviene mantener buenas relaciones con África, porque se supone que en los próximos años aportará el 25% del petróleo que necesita Estados Unidos. Y al segundo no sólo le interesa que Mathare salga de la pobreza sino que su nombre figure públicamente. No oculta sus ganas de entrar en política pero está lleno de miedos: en el fondo sabe que meterse en el círculo del poder es arriesgado y peligroso, incluso para un hombre cargado de fe y buenas ideas.