Cuando dejas que un país se meta en tu vida

"La dona, teixint cultures", obra de Paula Laverde Austin.

“La dona, teixint cultures”, obra de Paula Laverde Austin.

El texto que van a leer a continuación apareció publicado, por primera vez, el 16 de febrero de 2013 en el blog Aló Quiubo! ¿Dónde estás? El blog, creado por la doctora en psicología social, Helga Flamtermesky Restrepo se autodefine como un espacio de “historia de las mujeres colombianas que han migrado”.

Cuando Helga comenzó con el Blog, envió un mensaje explicando que no se trataba de ningún estudio sociológico y que no quería sentar ninguna cátedra sobre inmigración. Buscaba, básicamente, que se abriera una ventana en este inmenso mundo de Internet para que las colombianas que habíamos salido de nuestro país contáramos, como quisiéramos, nuestras vivencias.

La idea me encantó porque no era pretenciosa y sobre todo, porque me sonaba a tertulia de gente con mucho en común pero con bastantes kilómetros de por medio. Me animé a participar y le envié un texto que hoy transcribo aquí. Mi objetivo no es otro que animar a muchas más a escribir en el Blog de Helga, porque desahogarse es relajante y porque encontrar tantas vivencias juntas es muy enriquecedor.

 Yo no sabía lo que era migrar hasta que viajé a España. De hecho, no supe que era una “inmigrante”, hasta varios años después de instalarme en España.  Cuando llegué, me miraba en el  espejo y me reconocía como profesional, como estudiante colombiana de máster, como turista, pero nunca como inmigrante.
El término me empezó a sonar familiar cuando tuve que hacer larguísimas colas a altas horas de la mañana para sacar una tarjeta que me daba derecho a circular con “permiso de estancia como estudiante”. En la cola compartí horas con trabajadores y con familias de diferentes países y entendí que mi diploma no me convertía en un ser superior.
Luego, cuando ese mismo diploma terminó valiendo nada ante los ojos de posibles empleadores, mi desconcierto se transformó en reivindicación. Comprendí que muchos, como yo, terminaban guardando sus profesiones en la maleta y se ganaban la vida honradamente, pero trabajando “de lo que fuera”, y entendí que éramos muchos, de diferentes condiciones, edades y oficios con una sola etiqueta en la cara: inmigrantes.
A todos nos metían en el mismo saco, sin importar nuestro país de origen. Inmigrantes latinos, decían, o para resumir mejor y más rápido: latinos en España.
En ese momento me reconocí como latinoamericana y me encantó. Nunca, en los veintitantos años que viví en Colombia me identifiqué como ciudadana de una región. En cambio aquí, como parte de un grupo, me asumí sin prejuicios y me reconocí en las mismas preocupaciones y los mismos miedos que cualquier otra mujer de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia o Chile. Sentíamos casi lo mismo y nos identificábamos en las calles como quien detecta a otro integrante de su familia a metros de distancia.
Luego entendí que para trabajar “de lo mío” debía demostrar más que cualquier autóctono con la misma formación o la misma experiencia que yo. Demostrar más, trabajar más, validar más. Curioso, pero así funcionaba. Tu título, por sí mismo, parecía provenir de una universidad sospechosa, de un rincón exótico difícil de clasificar. Así que me integré al engranaje sin protestar y poco a poco, me fui haciendo un hueco en este país ajeno, que poco a poco se fue haciendo mío.
Hoy, casi diez años después de mi primer aterrizaje en este país, me sigo identificando con los míos, con los “latinos en España”, pero admito que parte de mi identidad se ha moldeado con todo aquello que disfruto y admiro de esta sociedad. Soy parte de un todo complejo y difícil de detallar pero, al mismo tiempo, fascinante: la migración. Ese saberte tú, con tu propia cultura y limitaciones y ese saberte parte de una tierra que vuelves tuya prácticamente sin darte cuenta.

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Esas mujeres valientes

la boda

Un momento de ‘La boda’

Hoy colgaron en mi muro de Facebook un cortometraje llamado ‘La Boda‘. Decía mi amigo Amaruk Kaisapanta que el cortometraje está nominado a los Goya 2013 y que él -aunque con un papel muy secundario- participa orgullosamente en esta producción.

Le di al ‘Play’ sin demasiadas expectativas y, poco a poco, ‘La Boda’ me fue enganchando. Su protagonista, Mirta, es cubana y trabaja como empleada de la limpieza en un gran edificio de Madrid. Está muy nerviosa porque su hija se casa hoy y, aunque ya tiene casi todo listo, diferentes circunstancias le van truncando el día más feliz de su vida.

No me gustaría aguarle a ninguno el disfrute de este trabajo, dirigido por Marina Seresesky y, por eso,  no adelanto ningún detalle más del argumento. Solo puedo decir que me siento tremendamente identificada con Mirta y que brindo con ella y con tantas mujeres migrantes más porque somos unas valientes, capaces de disfrutar los sucesos más importantes de nuestras vidas  a kilómetros de distancia de los nuestros.

El peso de la nostalgia

Cuando cubría noticias relacionadas con inmigración latinoamericana en España me inquietaban las actividades asociativas y consulares dirigidas a niños. Casi todas tenían que ver con geografía e historia “del país de tus padres”; comidas típicas del “país de tus padres”; canciones y tradiciones “del país de tus padres”.

¿Hasta dónde es legítimo heredar a los niños la nostalgia que conlleva la migración? ¿Por qué tienen que cargar los niños con los recuerdos de sus padres? Me preguntaba con insistencia.

Hoy en día, con un niño de año y medio correteando por la casa, estas preguntas se me hacen obligadas. Hace poco pasó la Navidad y empezó el debate mental: ¿que los regalos se los traiga el Niño Dios como sucede en Colombia; que cante el Cagatió al mejor estilo catalán o que lleguen a casa los Reyes Magos como en España y México (el país de su padre)? ¿Catalán o castellano? ¿América Latina o Europa?

La realidad, que siempre es más poderosa y más contundente con sus respuestas, me lo dejó claro: la Navidad, como tantas fiestas que podrán pasar a lo largo del año, tendrá un poco de cada punto geográfico, una ración de cada cultura. De todo, sin dramatizar.

Y creo que a este punto quería llegar desde un principio: ¿por qué tanto drama para lograr que los niños sean partícipes de la memoria de sus padres? La curiosidad natural que todos tenemos a cierta edad por explorar el mundo de los adultos tendría que ser el imperativo que marcara el encuentro entre las diferentes culturas que conviven en una misma casa.

Pero la verdad es que, en muchas ocasiones el niño o el adolescente tiene que disfrutar las vacaciones de verano en la casa de infancia de papá; tiene que ir a la procesión de la hermandad de la que hacía parte su mamá; tiene que entonar con igual emoción el himno del país aquel que dejaron sus padres hace tantos años; no puede pasar un fin de semana sin que coma las comidas típicas que saboreaban sus progenitores en su respectiva infancia, o debe asistir a la celebración de la fiesta patria en tierras extranjeras…

Vi a tantos adolescentes fastidiados con este tipo  de exigencias cuando cubría noticias sobre inmigración latinoamericana que siempre me dije: ¿y su propia infancia, y sus propios recuerdos, y sus propias tradiciones, qué lugar ocupan en la casa?

Quizás ahora que tantas familias se están regresando a sus países de origen, se estén dando discusiones de este tipo o los padres se estén dando cuenta de que sus hijos están emprendiendo su propio proceso migratorio dejando atrás amigos, idioma, canciones, recuerdos, lugares, fechas especiales que ellos mismos -en su momento- dejaron atrás cuando decidieron emprender camino a España.

No veo el estado europeo que Artur Mas parece ver tan claro

Imagen de la Diada 2012, tomada de El Mundo

Me preguntan qué opino sobre las intenciones independentistas de buena parte de la sociedad catalana y solo puedo decir que las respeto, como también respeto profundamente su empeño por conservar su lengua. Me preguntan qué opino sobre las intenciones independentistas de Artur Mas y solo puedo decir que me llenan de dudas.

No veo el estado europeo que él parece ver constituido días después del referendum que se propone impulsar, no veo el cambio estructural de gobierno que promete el nuevo estado soberano, no veo el cambio de modelo económico y laboral que se supone se espera del nuevo estado independiente, no veo el entusiasmo empresarial para la generación de nuevos puestos de trabajo que se supone tendremos en el nuevo estado catalán, no veo -en definitiva- nada nuevo.

Veo, eso sí, una sociedad ansiosa por encontrar una respuesta rápida a la crisis financiera en la que está sumida España y con ella, buena parte de la Europa Mediterránea.  Y lo que piensan muchas personas es que si una separación sin anestesia conlleva una mejor administración de los recursos catalanes, pues eso se hará: fractura inmediata sin medir alcances.

Lo que me temo es que ni la Unión Europea admitirá tan pronto y tan fácil a un nuevo estado en pugna (Catalunya) con un estado fundador (España). Y lo que más temo es que ese nuevo estado no tendrá nuevas reglas de juego a nivel económico ni político: serán los mismos de siempre, con su comprobada incompetencia, los que controlarán los pocos o muchos recursos propios que tenga Catalunya. Ni habrá relevo en materia parlamentaria ni se pensará en nuevos modelos productivos ni se planteará una nueva sociedad multicultural, incluyente y democrática. Muy al contrario, me temo que se reforzarán los discursos nacionalistas: excluyentes, anacrónicos y discriminatorios.

¿Y para qué ilusionarnos con una Catalunya próspera y rica si de todas maneras va a entrar a competir en el cruel mundillo europeo donde no mandan los ciudadanos sino los mercados?

¡O sea que… dandóle vueltas  la perdiz, volveríamos al punto de partida!

No sé yo si sería más productivo reformular el modelo autonómico español y reconocer, de una vez por todas, que la Constitución merece ser modificada en éste y muchos otros aspectos. No sé yo si el centralismo que se empeñan en profundizar los adalides de la “España única” está llamado a desaparecer y lo que se pide a gritos es un federalismo. No sé yo si más valdría la pena dejarse de rigideces jurídicas y permitir, de una vez por todas, que los españoles se manifiesten legítimamente a través de referendums  y no se cierre la puerta a la voluntad popular.

No sé yo porque la verdad, ni puedo votar en este país que voy considerando mío sin querer queriendo.

 

Valiente el que vuelve a su país

Público asistente a Casa América para la presentación de “Viaje de vuelta”

Después de la presentación del corto ‘Viaje de vuelta’ en Casa América Catalunya, se generó un debate interesante sobre el retorno de los migrantes a sus países de origen.

¿Es una respuesta fácil a la crisis económica de España? ¿Son cobardes o son valientes los retornados? ¿Y por qué no se plantea un documental sobre los migrantes que aún sobreviven en España?

Todas las preguntas resultaban fascinantes.

En primer lugar, estuvimos de acuerdo en que no es fácil, ni remotamente, empacar diez o quince años de tu vida en dos maletas y regresar a tu país. Alguien dirá: bueno, ésa es tu tierra, allí está tu familia, tus amigos, todos entenderán tu lenguaje, te sentirás acogido… etc, etc, etc. Y yo le diré: “sí, pero no.”

Cuando vuelves te das cuenta de que has cambiado mucho, pero también ha cambiado el país que recordabas, la familia y los amigos que amabas. Es difícil adaptarse a los cambios y más cuando se trata de lugares y personas que terminaste idealizando. Te cuesta entender que muchos defectos de tu ciudad sigan ahí, cuando hay tantas formas de resolverlos; te dan rabia cosas que creías soportar como el desorden vial, el incivismo, la inexistencia de horarios para casi todo, la corruptela rampante pero tolerada, la resignación social, la apatía política… ¡En fin!

Y no es que llegues con las ínfulas de primer mundo a flor de piel sino que has aprendido que hay mejores formas de sobrellevar la convivencia urbana y te duele que hayan pasado los años y muchas cosas sigan tan mal como las dejaste.

Todo eso sin contar con que muchos de tus amigos ya no están, no tienes historia laboral ni ingresos a la vista ni perro que te ladre. Por tener, sólo tienes tus maletas y, por supuesto, a tus incondicionales (familiares, ex jefes o ex algo que están listos para ayudarte).

¿Son cobardes o valientes los retornados? Pues yo me atrevería a decir que más valientes por reemprender su vida nuevamente en otro país. ¿Que se deberían quedar en España remando hasta que el barco salga a flote? Pues no estoy tan segura. Sin trabajo no hay horizonte y lo peor es que los años han pasado y seguramente será igual de difícil encontrar empleo en el país de origen, pero tal vez se lleven nuevos conocimientos que permitan reinventarse.

¿Y por qué no se plantea un documental sobre los migrantes que aún sobreviven en España? ¡Eso! ¿Y por qué no? Aquí seguimos aguantando mucho y no somos ni mejores ni peores que los que se han ido. ¡A ver cuándo nos reunimos y nos contamos nuestras propias historias!

El viaje de vuelta

Foto Elkin Cabarcas – Fundaudiovisuales

Cuando te embarcas en una aventura que te gusta mucho, te apasionas hasta el punto de querer terminarla sin importar los obstáculos, las dificultades o la falta de recursos.

Éste es el caso que me ocupa hoy. Fundaudiovisuales y yo estamos empeñados en sacar adelante el documental Viaje de Vuelta. Queremos contar las historias de cinco latinoamericanos que estén planeando su regreso, esos que por diferentes circunstancias tengan que abandonar España y recomenzar -una vez más- su aventura como migrantes.

Viajarán de vuelta a sus países de origen, sí, pero ya han pasado tantos años en tierra extranjera que les costará readaptarse al ritmo, las costumbres y la realidad de la que provenían. Empacarán en sus maletas años y años de vivencias y se sentirán, por momentos, extraños en sus propias tierras.

Sin embargo, están dispuestos a intentarlo por su futuro y el de sus hijos.

Hasta el momento tenemos dos historias terminadas: la de la ecuatoriana, Hilda Zaragozín y la del colombiano, David Zapata. Éste vídeo inicial se dará a conocer en Casa América Catalunya el próximo 18 de setpiembre.

Nuestra intención es contar, por lo menos, tres historias más para completar cinco. Así que si sabes de algún latinoamericano que esté planificando su regreso y le gustaría participar en este proyecto, cuéntanoslo.

Contar historias es lo que nos gusta hacer y creemos que éste es un momento crucial para el ciclo migratorio de nuestros países: el periplo de los retornados.

Lo público tendría que seguir siendo público

Imagen tomada de medicosdelmundo.org

Imagen tomada de medicosdelmundo.org

Cuando comento a algunas personas en Colombia que a partir del 1 de septiembre la sanidad pública española dejará de atender a inmigrantes sin papeles, muchos -con la honestidad a flor de piel- me dicen que es lamentable pero que no hay remedio. Que nos guste o no así funciona el sistema: el que no pueda pagar, que se busque la caridad y el que pueda pagar, que reciba atención médica.

Me quedo de piedra pero lo entiendo. A mí se me había olvidado un poco esa actitud del “sálvese quien pueda” tan propia de nuestra sociedad (y me atrevería a generalizar, contando a casi todas las sociedades latinoamericanas).

Es fácil de entender: desde los años 90 nos vendieron la idea del neoliberalismo como gran modernizador de nuestras proteccionistas economías y, de ahí en adelante, los conceptos “privatización”, “reducción del Estado”, “deslocalización de la producción”, “abaratar costes” y “apertura de mercados” se volvieron cotidianos. Tanto que no concebimos otra forma de competir en la gran jungla que es el mundo.

Eso de “sociedad del bienestar” nos suena tan lejano como imposible. ¿Que un Estado sea capaz de repartir el dinero de todos para que todos gocemos de salud, educación y seguridad? ¿Que la salud es un derecho universal? ¿Que la educación pública debe ser gratuita y de calidad? Sí, sí, todo muy bonito pero en el plano de lo ideal.

Pues bien, cuando llegué a este país y fui entendiendo lo que ese Estado de Bienestar significa para España, me enamoré de ese aspecto de esta sociedad. Me encantó la forma en que defienden sus derechos sociales, me sorprendió la poca desigualdad social que aquí se respira y la inmensa y poderosa red que conforma la clase media.

Todo eso, unido, es producto de la Sociedad de Bienestar y cada vez que una medida como la anunciada por este Gobierno pone en tela de juicio la universalidad o gratuidad de derechos básicos como la salud o la educación, saltan cientos de voces de alarma y no sólo porque la medida no supone un ahorro descomunal sino por las consecuencias que tendría para el sistema de urgencias un colapso por aumento de pacientes (sin contar con la reducción de personal médico, también por los recortes sociales).

¿Los escandalosos son rojos, personas contracorriente que no entienden las exigencias del modelo económico imperante? No. Estoy convencida de que no, porque resulta indignante y vergonzoso que esos mismos gobernantes que alegan falta de fondos públicos para atendernos a todos, entreguen miles de millones para salvar un banco privado (que se nutrió de la ingenuidad de muchos inversores y gozó como ninguno de la burbuja inmobiliaria) o se atrevan a defender la aportación pública en colegios privados que segregan a sus alumnos por género.

No nos engañemos. Lo público, en estos tiempos neoliberales que corren, siempre estará disponible para salvar intereses privados pero cada vez se restringirá más para salvaguardar los derechos sociales que  nos quedan.

Por cierto, aquí les dejo el vídeo de Médicos del Mundo que se niegan a aplicar la Reforma Sanitaria, porque la atención médica tendría que ser para todos:

Parece que el bachillerato no es para todos

Disturbios en Francia 2005 (Foto El Mundo)

Disturbios en Francia 2005 (Foto El Mundo)

Ayer me encontré con una querida amiga boliviana a la que saludé efusivamente y felicité por haber logrado traer a sus dos hijos a España.

Su saludo fue agridulce: “Sí, llevan seis meses aquí pero nos ha costado mucho la adaptación de la pequeña”.

La pequeña tiene 15 años, así que imaginé que la adolescencia estaba haciendo estragos y eso, unido al traslado a un nuevo país, tiene que formar una bomba explosiva.

Algo de eso había, sí. Pero lo más grave tenía que ver con su educación:

Logramos plaza en uno de los tres institutos públicos de Esplugues, justo el que tiene una Aula de Acogida. Aquello me ha parecido horroroso. Juntan a todos los nuevos alumnos inmigrantes en esa aula sin ni siquiera fijarse en las notas que traen de su país. Mi hija venía con un alto promedio y yo pensaba que la iban a trasladar rápidamente al aula regular, pero resulta que no lo hacen porque -según el Instituto- “puede ser traumático el doble proceso de integración”.

Estaba tan enfadada que moví todas las influencias que pude y logré que un político hablara con el Colegio para que sacaran a mi hija de la tal aula de acogida. El director se enfadó y sacó a la niña de clase diciéndole “no creas que por ti cambiará España”.

Eso fue peor. Le dije que no tenía ningún derecho a hablar así a mi hija, que en todo caso con quien tenía que hablar era conmigo y le di mi opinión sobre el aula de acogida donde caben igual chicos que han repetido curso dos o tres veces como chicos recién llegados de sus países.

La conversación iba tomando un tono muy interesante para mí, porque mi amiga me estaba explicando qué les decían a los adolescentes inmigrantes en aquel instituto público de educación. Algo que desconozco pero que me daba claves para entender el rechazo y el resentimiento que algunos jóvenes manifiestan.

Un día fue un educador a explicarles a los alumnos que después de la ESO deberían pasar a Formación Profesional (FP) porque “para qué iban a perder tiempo en el bachillerato” si de todas maneras terminarían siendo peluqueros o electricistas.

¡Me puse tan furiosa cuando mi hija me contó esto! ¿Por qué deciden sobre el destino de los chicos? Mi hija quiere terminar el bachillerato y hacer una carrera, pero se encuentra con un sistema que le está diciendo que no vale la pena. ¿Con qué derecho cortan las aspiraciones de los chicos?

Mi amiga le dijo todo esto al director del Instituto y la respuesta que encontró fue un resignado “casi todos los alumnos terminan haciendo la FP así que para qué les vamos a exigir otra cosa”

Y mi amiga remataba con un “ni siquiera les exigen otra cosa. Directamente los orientan hacia estudios técnicos porque quieren ver a nuestros hijos como a nosotros: mano de obra barata”.

Esto último me dolió profundamente y recordé lo sucedido en Francia en 2005 cuando jóvenes, en su mayoría hijos de inmigrantes, quemaron coches y protagonizaron disturbios en los suburbios de París. La gran mayoría de ellos protestaba contra un sistema que los había segregado desde el colegio sin darles la oportunidad de acceder a la educación superior.

¿Llegaremos a ese extremo en España? Mucho me temo que sí. Mientras se siga separando a los recién llegados y sobre todo, mientras se siga considerando que “el hijo de inmigrante” (aunque haya nacido aquí) es el “otro”, “el diferente”.

El Pou de la Figuera denuncia las redadas, sin mencionar las redadas

Instalación de la exposición Escolta'm en el Pou de la Figuera

Instalación de la exposición Escolta’m en el Pou de la Figuera

A los políticos les molestan las palabras. Prefieren dar rodeos, mencionar sin concretar, perderse en laberintos idiomáticos imposibles, antes que llamar a las cosas por su nombre.

Ya lo vivimos con Zapatero cuando huía de la palabra “crisis“, y  lo vemos ahora con Rajoy cuando se empeña en llamar “ayuda” lo que se sabe es un “rescate“.

¡En fin! Sin ir muy lejos, aquí mismo en Barcelona, en el barrio del Pou de la Figuera, el Ayuntamiento se empeña en que la palabra “redada” nombra algo inexistente.

La historia es la siguiente: el fotógrafo Joan Tomàs y la Fundació Ciutadania Multicultural-Mescladís montaron la exposición Escolta’m (Escúchame, en catalán). Fotografías de gran formato de jóvenes del barrio servían para denunciar -entre otras cosas- la persecusión que muchos sufren debido a su color de piel.

Para nadie es un secreto que la Policía pide documentación a la salida del metro, en algunas esquinas y plazas y que, curiosamente, se centra en las personas que aparentemente no son de este país.

Lo que popularmente se conoce como “redadas” es una práctica ilegal, porque la Policía sólo podría pedirle la documentación a TODO el mundo si sospecha que por ahí ronda un delincuente perseguido o si se ha cometido un delito hace poco en las inmediaciones.

Pues a la foto que claramente pedía “Stop redadas” se le quitó la palabra en cuestión porque al Ayuntameinto no le gustó y asegura que aunque sí dio el permiso para poner la instalación fotográfica en las paredes de un centro cívico público, el tema era la integración, “pero no con esas referencias directas ni ese gran formato”.

A ver, a ver, a ver… ¿Qué es la integración? ¿Buen rollito entre todos? Me parece a mí que no. Integrar tiene que ver con debatir, con convivir, con denunciar cuando es necesario y con dialogar siempre que se pueda. La integración pasa por exigir que se cumpla la ley para todas las partes.

La exposición tuvo que quitar la palabra “redadas” y el Ayuntamiento está tan contento, que creo que no ha entendido la magnitud de lo que aquí se ha planteado: un debate abierto y urgente sobre delincuencia, racismo institucional, efectividad policial y vecindad.

¡Pero bueno! Mientras las palabras no estén ahí para quitarles el sueño a los políticos, podremos vivir todos contentos en el país del nunca jamás…

“Iros a vuestro país”

Foto tomada del Flickr de Carlos Lorenzo

Veníamos de la playa y traíamos arena hasta en las uñas. Lo único que queríamos era llegar a casa y ducharnos, pero un grito nos desvió del camino. Provenía del parque infantil que está cerca del mercado de La Boquería. Era una señora gorda y bastante furiosa.

Iros a vuestro país, eso es lo que tenéis que hacer.

Iros ya a vuestro país..

Y así sucesivamente durante cinco minutos. Mientras la señora gritaba, un papá salía del parque con tres niños (no recuerdo bien cuántas eran niñas) y detrás de él, el resto de la familia. Alcancé a escucharles acento colombiano y no pude evitar preguntar qué había pasado.

Que la niña le pegó al niño y la vieja ésta empezó a gritar como loca. ¿No ve que son cosas de niños?

No conozco la versión de la energúmena, pero supongo que le habrá molestado que ningún adulto-acompañante interviniera en las “cosas de niños” o… ¡quién sabe! El caso es que sus gritos no tenían nada ver con las “cosas de niños” sino con el hecho de que la familia de la ‘supuesta agresora’ no era de aquí.

¡¡¡Alarma, alarma, alarma!!! ¿Ante cualquier incidente salta la chispa de la xenofobia? Siempre quiero pensar que no. Siempre quiero imaginar que los gritones son unos cuantos que no representan a la mayoría; pero no es la primera vez que me toca presenciar escenas como ésta y no es la primera vez que me siento aludida con la exigencia del “¡lárguense ya!”

Lo más doloroso del asunto es que los testigos clave de los hechos son niños. Ellos, que todo lo ven y lo absorben como si fueran agentes entrenados, duplican esquemas, reproducen comportamientos y repiten insultos.

¡Vaya por Dios! ¡Y yo que quería ser optimista!