Isabella Acevedo

Isabella Acevedo ya debe estar en Colombia. La deportaron desde Londres el jueves 31 de julio en la mañana, en un vuelo que pasó por Madrid y que ninguna asociación pro derechos de los inmigrantes pudo detener.

Conocí su historia a través de una breve nota en un diario catalán y luego la amplié gracias al cubrimiento de The Guardian: Acevedo había trabajado como empleada doméstica durante siete años para el señor Mark Harper. Su falta de “papeles” legales hubiera pasado desapercibida si no fuera porque el señor Harper era Ministro de Inmigración y había liderado una polémica campaña que invitaba a los inmigrantes a regresar a sus países de origen.

En febrero de este año la prensa se enteró de que el funcionario tenía en su casa a una empleada extranjera sin permiso de residencia, y empezó la cuenta atrás para la vida de Isabella en Inglaterra. La pérdida del trabajo fue lo de menos. Los casi 14 años viviendo en aquel país se iban al traste el 18 de julio, minutos antes del matrimonio de su hija. Pareciera que los agentes hubieran esperado el momento más feliz de su vida, por el que había ahorrado cada libra de las 22 que le pagaban por semana de trabajo, para detenerla sin ninguna contemplación.

De inmediato, Legal Defense Fund y quince organizaciones más pusieron en marcha una campaña de recolección de fondos y firmas para evitar la deportación de Isabella y, de paso, para erigirla como símbolo de una lucha de miles de extranjeros que no encuentran forma de regularizar su situación administrativa porque la legislación británica en este sentido es cada vez más restrictiva. Hasta 2011, el acceso a la nacionalidad se lograba con 14 años de residencia (Isabella los cumpliría este mismo año), pero ahora se requieren veinte años de “ilegalidad” continuada.

La campaña en Facebook también es activa. A pesar de que fue imposible frenar la deportación, el evento “Fight for Isabella Acevedo” sigue su curso y convoca para el 8 de agosto a las 18:30 horas una concentración en frente de la casa de Mark Harper.

Pese a que la noticia ha sido ampliamente registrada por The Guardian y la BBC, en Colombia, no ha logrado prácticamente ningún eco. No sabemos cómo está, quién la recibió en el aeropuerto, si se sintió apoyada o no por el consulado o si tiene familia en Colombia.

Lo que sí sabemos es que el señor Harper sigue haciendo parte del gobierno de David Cameron como Ministro del Departamento de Trabajo y Pensiones.

El parque de los insensatos

aarenaLa señora corría de una punta a otra del parque como si la vinieran persiguiendo, pero no. Era ella quien perseguía a una persona pequeñita e inconsciente que se dirigía directamente hacia la temida zona de los columpios. “Cuidado con los columpioooo….!” gritaba la madre sin ser  escuchada. La niña, milagrosa y sorprendentemente, pasó entre los dos columpiones como esquivando balas en una escena de Matrix y todos nos giramos para ver qué pasaba con la gritona  madre desesperada.

No pasó mucho. Alcanzó a coger a la niña por la punta de la camiseta cuando ya había pasado todo el peligro de terminar derribada, golpeada o aplastada.

Tres nanosegundos después estaba yo misma gritando sin ser oída: “cuidado con la cadenaaa!!!”. Pero tampoco pasó nada. Mi hijo, que tendría que ser mi interloutor, ni siquiera miró hacia donde yo estaba sino que hizo un movimiento extraño -pero efectivo- con la mano y esquivó la cadena de una estructura pensada para sacar arena del parque y depositarla en un tubo que vuelve a caer al suelo. El proceso debe ser divertido cuando no llevas puesto un pantalón limpio y pretendes salir con los zapatos en su color original, pero resulta muy chocante cuando la arena vuela por todo lados, arrastrada por el viento.

Total que me detuve un poco y pensé: ¿si estos no nos escuchan para qué diablos gritamos tanto? Una rápida ojeada al parque y ahí nos tienes: energúmenas por controlar cualquier asomo de accidente, ahí vamos las mamás superpoderosas a frenar columpios, movilizar toboganes, estabilizar subes-bajas y retirar escalones.

Lo mejor de toda la historia es que pese a la inutilidad de nuestros esfuerzos, el esquema se repite día tras día, tarde tras tarde: los pequeños insensatos van por el parque como esquivando una carrera de obstáculos y las madres detrás (con la mirada, los gritos o las persecuciones) intentando retrasar la caída inminente. Y así… cada tarde, de todo el verano…

Vivir para leerlo

Olía a yuca con suero, a caballo sudoroso, a camino de tierra polvorienta, a pescado frito muy caliente y a queso recién envuelto en hoja de plátano. Olía a Costa Caribe. Pero no a la que está a orillas del Mar, ni a la que sale en las postales con palmeras y cocos transformados en copas de piña colada. No.

La Costa Caribe de mis recuerdos es planicie verde con mucha ganadería, muchos caballos y muchos pueblos desperdigados a ambas orillas del río Sinú,

Mi Costa Caribe es la de mi papá. La del sombrero vueltiao, la de las “invasiones” de langostas en  pueblitos recónditos, la de las hamacas y los árboles que dan guanábanas, la de las madrugadas para ordeñar, la de las puestas de sol infinitas y la de esa humedad sofocante que desafia las costuras de cualquier camisa.

Por eso cuando me dejé llevar por el espéctaculo organizado por Casa América Catalunya en homenaje a Gabriel García Márquez no pude menos que extrañar a mi don Gabriel, cerrar los ojos y  verlo en su caballo, tan erguido y tan desafiante.

Y pensé que mi Costa se parece a la de Gabo porque no aparece en los libros de geografía sino que viene pegada a mi piel como cada recuerdo que guardo de mi papá. Si pienso en Colombia, lo tengo que ver a él y entiendo que el país no es el que llevas en el pasaporte sino el que te sale por las lágrimas cuando evocas a esas personas que componen tu propia historia.

Don Gabriel es un sombrero vueltiao con una taza de café en la mano y una pequeña navaja en el bolsillo para pelar guayabas. Don Gabriel es un jeep que se mete por caminos estrechos y rompe las leyes de la física para adentrarse en los parajes más verdes que uno se pueda imaginar. Don Gabriel es un mango maduro y una papaya y un limonero en medio de un potrero.

El don Gabriel de mis recuerdos como el don Gabriel que evocamos hoy en el Caixa Forum, con gaitas, tambores y acordeón, es más Costa Caribe que cualquier postal con palmeras y camisas floreadas.

A usted le entrego hoy mi noche, don Gabriel.

 

Crecer en la Medellín de Pablo Escobar

El fotógrafo catalán, Javier Sulé me invitó a participar en la inauguración de su exposición “Medellín, la metamorfosis”, que estará en la Biblioteca Ignasi Iglésias-Can Fabra hasta el 30 de octubre. Me pidió que relatara mi experiencia durante la etapa en que Medellín estuvo dominada por Pablo Escobar. Me senté a pensar en mi infancia y mi adolescencia y se me ocurrió este texto que leí allí y que ahora comparto con ustedes:

“Mi papá falleció este año. A muchos podrá parecerles irrelevante este dato para el encuentro que nos reúne hoy, pero para mí es crucial: mi papá y Medellín son un mismo todo indisoluble. Los mejores y los peores recuerdos que tengo de mi infancia en mi querida ciudad, los asocio a momentos familiares, siempre con mi papá como protagonista.

Cuando yo tenía doce años supe lo que era una bomba, porque el edificio Mónaco, en la parte más cara de la ciudad, explotaba por los aires debido a la detonación de una bomba. Recuerdo que mi papá, acérrimo radio oyente, me dijo con preocupación: “eso es una guerra entre narcos.”

La palabra “narco” se introdujo en mi vocabulario como un término imprescindible para explicar todo lo que ocurría a mi alrededor y es que, desde ese momento, el nombre de Pablo Escobar Gaviria aparecía casi a diario en las noticias.

Foto que hace parte de la exposición "Medellín, la metamorfosis"

Foto que hace parte de la exposición “Medellín, la metamorfosis”

Políticos y periodistas asesinados, personas secuestradas, sicarios contratados por millones de pesos, policías muertos, toque de queda tácito que nos impedía salir de noche; pero al mismo tiempo, una opulencia desmedida, mucho dinero circulante, lujos inimaginables, coches de alta gama circulando por las calles y caballos de pura sangre que se exhibían en las ferias ganaderas a las que mi papá acudía porque amaba los animales.

Fue él, precisamente, quien nos llevó a la finca que Pablo Escobar tenía en Puerto Triunfo, a tres horas de Medellín. Se llamaba Nápoles y en ella, ‘el capo’ alardeaba de una colección de todo tipo de animales traídos de África y Asia. Fuimos como en safari, metidos en el coche, y mirando por las ventanas a las avestruces, las jirafas, los rinocerontes y los canguros. También ostentaba de la primera avioneta con la que logró entrar su primer cargamento de cocaína a Estados Unidos, pero eso no lo supe sino muchos años después.

En aquel momento, todo aquello resultaba mágico para mí, pero con el tiempo fui comprendiendo que no era otra cosa que la ilusión de la que estaba envuelta una gran tragedia: mi Medellín se desangraba sin descanso y nadie parecía capaz de remediarlo porque había tanto dinero de por medio, que parecíamos condenados a una violencia infinita.

En mi colegio se escuchaban cosas como que al hijo de Pablo Escobar lo llevaban en helicóptero a su propio colegio o que el ‘patrón’ –como ya se le conocía- regalaba mercados y casas a la gente más pobre de la ciudad para ganarse su lealtad.

Lo cierto era que, en medio de tanta leyenda, había una realidad que yo sí podía palpar: se me prohibía salir de noche a cualquier fiesta adolescente, porque podía explotar una bomba en cualquier momento, y prefería evitar el contacto con cualquier patrulla de la policía, porque a lo mejor pasaba un sicario en moto para cobrarse el millón de pesos que Escobar pagaba por cada uniformado asesinado. Yo hago parte de la generación de las “fiestas de garaje”. Era mejor no reunirse en las noches en locales pensados para adolescentes sino ir a las casas de los amigos, bien resguardados, para montarse un baile con luces tenues y equipos de sonido domésticos.

La ciudad para mí era un círculo pequeño, conformado por mi colegio, mi casa y mi barrio. Ir a las mal llamadas “comunas” o barrios más populares era un riesgo. Sin embargo, conocer los lujos de los que eran capaces los del Cartel de Medellín, parecía una aventura turística. Recuerdo que mi papá nos llevó a una zona del Poblado que yo desconocía pero en la que se acababa de construir un hermoso centro comercial. Monterrey, se llamaba, y allí vi productos de marcas tan impronunciables que me parecía estar como en otro país.

Desde entonces, muchos de mis amigos y conocidos, se esforzaban por tener aquellos zapatos exclusivos o esos vaqueros de corte perfecto. Todo traído de Estados Unidos. Todo muy caro pero muy acorde con la sociedad que estábamos configurando. La apariencia, el clasismo y el arribismo han caracterizado a los medellinenses a lo largo de la historia, pero creo que en aquella época en la que conseguir dinero sin importar los medios era un valor absoluto, se hizo más evidente nuestro afán por parecer lo que no éramos.

Siempre he sostenido que todos, en mayor o menor medida, contribuimos al engrandecimiento del narcotráfico porque nos beneficiamos de sus ganancias. En Medellín se “lavó” dinero con la construcción, el comercio, la importación de muebles y ropa de lujo e inclusive, con obras públicas.

Era como si nadie pudiese estar al margen de lo que el Cartel de Medellín iba tejiendo a través de sus grandes capos y, cómo no, de los llamados “traquetos” o pequeños comerciantes de cocaína.

Y a pesar de que vivíamos inmersos en nuestra ciudad como si fuera una trampa para ratones, nos indignaba que en las noticias a nivel mundial, se hablara mal de Medellín o que en los aeropuertos nos miraran de arriba abajo como sospechando que sólo por nuestro origen, nuestra piel contenía una carga importante de alucinógenos.

Aquel estigma se generalizó para todo colombiano, sin importar su lugar de procedencia, pero el hecho de ser o de vivir en Medellín reforzaba aún más el estereotipo.

Cuando mataron a Pablo Escobar, en diciembre de 1993, recuerdo que estaba sola en la casa y mi mamá me llamó alarmada: “no vaya a salir. Mataron a Pablo”, me repetía. Yo no me lo creía pero cuando me dijo que mi papá estaba oyendo en la radio que habían matado a Pablo Escobar, entonces sí reaccioné.

Estaban de visita donde la abuela, y se vinieron rápido para la casa. Aquel acontecimiento debía ser seguido en detalle, pero a buen resguardo. No sabíamos qué podía pasar.

En la radio explicaban los pormenores del operativo policial y, según las coordenadas, aquello quedaba relativamente cerca de mi casa. No podíamos creer que el capo de capos se escondiera a sólo quince minutos del edificio donde vivíamos. Luego, cuando fueron apareciendo las imágenes en televisión, nos quedamos mudos. Era como si un personaje de ficción, del cual has oído hablar toda tu vida, tomara forma para luego reventar. Como una burbuja, como un espejismo.

Muchos años después, en Barcelona, pude hablar con Pablo, el hijo de Escobar. Venía para promover un documental sobre su vida y explicar que para él ser el hijo de un gran narcotraficante no fue una elección. Contó su propia visión de la ciudad y concluyó que, a pesar de todo el dolor que causó su padre, él no podía dejar de verlo como eso: como su papá.

No pude resistirme y le pregunté si aquella leyenda que circulaba en mi infancia era cierta. Si era verdad que lo llevaban en helicóptero al colegio. Se rio y me dijo que sí, pero que solo había sido una vez porque iba a llegar tarde y a su papá no le gustaba que faltara a clases.

Hoy comprendo que ambos guardamos en nuestra memoria a una Medellín muy diferente. Sin embargo ambos conectamos nuestros recuerdos con nuestros papás. Cada uno en esferas muy diferentes, pero igualmente seducidos por una ciudad de la que no podemos escapar.”

Campesinos somos todos

Apoyo a la movilización colombiana en favor del campo

El paro campesino es un derecho

Por fin he podido ver el documental 9.70 de Victoria Solano. Con tanta repercusión en redes sociales y en medio del Paro Nacional Agrario, que ya lleva más de cinco días, me sentía en la obligación de verlo para entender por qué una de las razones de los campesinos para seguir luchando era reivindicar su derecho a la recolección y almacenamiento de semillas.

Suena raro, pero así es. Los campesinos no solamente bloquean carreteras porque necesitan rebajas en los suministros agrícolas o subsidios para seguir produciendo papa, arroz, tomate, zanahorias y esas cosas que comemos a diario… Los campesinos también protestan porque consideran desproporcionadas las medidas impuestas por el Tratado de Libre Comercio (TLC) que les obliga, entre otras cosas, a desechar las semillas que no utilicen en su producción.

La cosa es así: desde que los Chibchas poblaban nuestras tierras, una parte de las semillas (generalmente la mejor de cada cosecha) es guardada cuidadosamente por los campesinos para reutilizarla en la próxima temporada. O lo que es lo mismo, la hormiga que guarda comida y se prepara para el invierno.

A raíz de la Resolución 9.70 del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), la Policía puede incautar y destruir toda semilla almacenada porque si se reutiliza, se considera que el campesino está violando derechos de autor. ¿Perdón? Sí, derechos de autor de las grandes compañías productoras de semillas certificadas que son las que Colombia debería usar, tal y como se comprometió cuando firmó el TLC.

Estas grandes compañías no son otras que Monsanto, Sygenta o Dupont, famosas por producir semillas modificadas o trasgénicas.

Al dato habría que agregar cifras. Las exportaciones de productos agropecuarios desde Estados Unidos hacia Colombia en el último año (o sea el primero del TLC) aumentaron en un 81% con respecto al año anterior. Y si hablamos de arroz la cosa pone los pelos de punta: hasta el año pasado nos vendían 1,5 millones de dólares pero de un semestre a otro las ventas subieron al 2000% contabilizando 41 millones de dólares.

Estos datos, tomados del Departamento de Agricultura de Estados Unidos y revelados por la revista Portafolio, ponen en evidencia lo que tantas veces se nos dijo cuando se iba a firmar el TLC: que importaríamos más de lo que exportaríamos y que la producción agrícola colombiana estaría más vulnerable que nunca.

Si a todo esto se suma que el 77% de las tierras colombianas sólo está en manos de un 13% de propietarios y que quienes realmente la trabajan tienen menos de una Unidad Agrícola Familiar (que es como la ley divide el campo de acuerdo a sus usos y explotación), nos sobran mil razones para salir a protestar en defensa del campesino y sobre todo, en contra de la criminalización que pretende este gobierno.

Ya lo dijo sabiamente Daniel Samper en su columna de El Tiempo: “si usted fuera campesino seguramente también estaría gritando en una carretera”.

Sin embargo, lo más lamentable de toda esta situación es que el TLC no tiene marcha atrás y me temo que Colombia no tiene las agallas para romperlo.

¡Elijo seguir aquí!

La bici como transporte públicoYa juré fidelidad al Borbón.

Ya juré cumplir la Constitución.

Ya firmé con mi puño y letra un papel que no leí pero en el que según entendí, me acojo a la doble nacionalidad y  me asumo como ciudadana española.

Y todo eso en menos de diez minutos, frente a nueve personas más, todas ansiosas como yo, todas pendientes de la cara del notario que dijera nuestro nombre y nos pasara el papelito en cuestión.

¿Y ahora qué? Esperar pacientemente a que me llegue un mail de confirmación en el que me invitarán a registrarme con un acta de nacimiento español, que más bien debería llamarse “de renacimiento”, por aquello de que la primera sigue en Colombia, donde realmente vi la luz por primera vez. Esta nueva acta será mi elección, mi convicción, mi decisión.

Lo de esperar pacientemente no me lo tienen que repetir dos veces. Llevo casi diez años en este país y tengo un doctorado en “paciencia burocrática”. Tanto documento por presentar, tanto impuesto por pagar, tanto formulario por rellenar me han hecho experta en una cosa que soy pero que no sabía muy bien: extranjera.

Así que ahora que solo falta un paso para convertirme en otra cosa diferente (extranjera con nacionalidad española), el mundo entero parece empeñado en preguntarme: ¡¿y por qué?! ¡¿y para qué?!

España ya no es glamorosa; ya no inspira aventuras de dinero rápido con trabajo seguro; ya no es digna de figurar en los mapas de los países prósperos; ya ni siquiera se le considera una nación europea cool, ahora sólo es parte del Sur pobre (mediterránea pero pobre).Detalle del barrio El Raval

Pese a tantos contras, mi respuesta es clara: me gusta este rincón del mundo. Me gusta y elijo estar aquí, seguir aquí, luchar aquí. Es paradójico porque justo en este país descubrí lo que significa el término xenofobia, entendí que no todos los foráneos son bienvenidos, comprendí que un número de identificación oficial es más valioso que un bagaje profesional.

Pese a los pesares, adoro pasear de noche por mi querida Barcelona, me encanta toparme con parques infantiles seguros cada dos por tres; me gusta tomarme un café con mis amigos en una plaza pública y no en un centro comercial; me sigo maravillando con las facilidades del transporte público; me gustan las formas de burla abierta contra la clase política y sus dirigentes; me sigue entusiasmando la capacidad de protesta y movilización social…

¿Y si te tienes que devolver? Tengo mil motivos más para sentirme encantada de mi país y, por supuesto, hay mil motivos más para detestarlo; pero esos son los pesares propios de cada decisión que se toma en la vida.

Por ahora sigo aquí por elección y eso, para mí, es más que meritorio: poder elegir donde se quiere estar.

Cuando dejas que un país se meta en tu vida

"La dona, teixint cultures", obra de Paula Laverde Austin.

“La dona, teixint cultures”, obra de Paula Laverde Austin.

El texto que van a leer a continuación apareció publicado, por primera vez, el 16 de febrero de 2013 en el blog Aló Quiubo! ¿Dónde estás? El blog, creado por la doctora en psicología social, Helga Flamtermesky Restrepo se autodefine como un espacio de “historia de las mujeres colombianas que han migrado”.

Cuando Helga comenzó con el Blog, envió un mensaje explicando que no se trataba de ningún estudio sociológico y que no quería sentar ninguna cátedra sobre inmigración. Buscaba, básicamente, que se abriera una ventana en este inmenso mundo de Internet para que las colombianas que habíamos salido de nuestro país contáramos, como quisiéramos, nuestras vivencias.

La idea me encantó porque no era pretenciosa y sobre todo, porque me sonaba a tertulia de gente con mucho en común pero con bastantes kilómetros de por medio. Me animé a participar y le envié un texto que hoy transcribo aquí. Mi objetivo no es otro que animar a muchas más a escribir en el Blog de Helga, porque desahogarse es relajante y porque encontrar tantas vivencias juntas es muy enriquecedor.

 Yo no sabía lo que era migrar hasta que viajé a España. De hecho, no supe que era una “inmigrante”, hasta varios años después de instalarme en España.  Cuando llegué, me miraba en el  espejo y me reconocía como profesional, como estudiante colombiana de máster, como turista, pero nunca como inmigrante.
El término me empezó a sonar familiar cuando tuve que hacer larguísimas colas a altas horas de la mañana para sacar una tarjeta que me daba derecho a circular con “permiso de estancia como estudiante”. En la cola compartí horas con trabajadores y con familias de diferentes países y entendí que mi diploma no me convertía en un ser superior.
Luego, cuando ese mismo diploma terminó valiendo nada ante los ojos de posibles empleadores, mi desconcierto se transformó en reivindicación. Comprendí que muchos, como yo, terminaban guardando sus profesiones en la maleta y se ganaban la vida honradamente, pero trabajando “de lo que fuera”, y entendí que éramos muchos, de diferentes condiciones, edades y oficios con una sola etiqueta en la cara: inmigrantes.
A todos nos metían en el mismo saco, sin importar nuestro país de origen. Inmigrantes latinos, decían, o para resumir mejor y más rápido: latinos en España.
En ese momento me reconocí como latinoamericana y me encantó. Nunca, en los veintitantos años que viví en Colombia me identifiqué como ciudadana de una región. En cambio aquí, como parte de un grupo, me asumí sin prejuicios y me reconocí en las mismas preocupaciones y los mismos miedos que cualquier otra mujer de Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia o Chile. Sentíamos casi lo mismo y nos identificábamos en las calles como quien detecta a otro integrante de su familia a metros de distancia.
Luego entendí que para trabajar “de lo mío” debía demostrar más que cualquier autóctono con la misma formación o la misma experiencia que yo. Demostrar más, trabajar más, validar más. Curioso, pero así funcionaba. Tu título, por sí mismo, parecía provenir de una universidad sospechosa, de un rincón exótico difícil de clasificar. Así que me integré al engranaje sin protestar y poco a poco, me fui haciendo un hueco en este país ajeno, que poco a poco se fue haciendo mío.
Hoy, casi diez años después de mi primer aterrizaje en este país, me sigo identificando con los míos, con los “latinos en España”, pero admito que parte de mi identidad se ha moldeado con todo aquello que disfruto y admiro de esta sociedad. Soy parte de un todo complejo y difícil de detallar pero, al mismo tiempo, fascinante: la migración. Ese saberte tú, con tu propia cultura y limitaciones y ese saberte parte de una tierra que vuelves tuya prácticamente sin darte cuenta.

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Esas mujeres valientes

la boda

Un momento de ‘La boda’

Hoy colgaron en mi muro de Facebook un cortometraje llamado ‘La Boda‘. Decía mi amigo Amaruk Kaisapanta que el cortometraje está nominado a los Goya 2013 y que él -aunque con un papel muy secundario- participa orgullosamente en esta producción.

Le di al ‘Play’ sin demasiadas expectativas y, poco a poco, ‘La Boda’ me fue enganchando. Su protagonista, Mirta, es cubana y trabaja como empleada de la limpieza en un gran edificio de Madrid. Está muy nerviosa porque su hija se casa hoy y, aunque ya tiene casi todo listo, diferentes circunstancias le van truncando el día más feliz de su vida.

No me gustaría aguarle a ninguno el disfrute de este trabajo, dirigido por Marina Seresesky y, por eso,  no adelanto ningún detalle más del argumento. Solo puedo decir que me siento tremendamente identificada con Mirta y que brindo con ella y con tantas mujeres migrantes más porque somos unas valientes, capaces de disfrutar los sucesos más importantes de nuestras vidas  a kilómetros de distancia de los nuestros.

El peso de la nostalgia

Cuando cubría noticias relacionadas con inmigración latinoamericana en España me inquietaban las actividades asociativas y consulares dirigidas a niños. Casi todas tenían que ver con geografía e historia “del país de tus padres”; comidas típicas del “país de tus padres”; canciones y tradiciones “del país de tus padres”.

¿Hasta dónde es legítimo heredar a los niños la nostalgia que conlleva la migración? ¿Por qué tienen que cargar los niños con los recuerdos de sus padres? Me preguntaba con insistencia.

Hoy en día, con un niño de año y medio correteando por la casa, estas preguntas se me hacen obligadas. Hace poco pasó la Navidad y empezó el debate mental: ¿que los regalos se los traiga el Niño Dios como sucede en Colombia; que cante el Cagatió al mejor estilo catalán o que lleguen a casa los Reyes Magos como en España y México (el país de su padre)? ¿Catalán o castellano? ¿América Latina o Europa?

La realidad, que siempre es más poderosa y más contundente con sus respuestas, me lo dejó claro: la Navidad, como tantas fiestas que podrán pasar a lo largo del año, tendrá un poco de cada punto geográfico, una ración de cada cultura. De todo, sin dramatizar.

Y creo que a este punto quería llegar desde un principio: ¿por qué tanto drama para lograr que los niños sean partícipes de la memoria de sus padres? La curiosidad natural que todos tenemos a cierta edad por explorar el mundo de los adultos tendría que ser el imperativo que marcara el encuentro entre las diferentes culturas que conviven en una misma casa.

Pero la verdad es que, en muchas ocasiones el niño o el adolescente tiene que disfrutar las vacaciones de verano en la casa de infancia de papá; tiene que ir a la procesión de la hermandad de la que hacía parte su mamá; tiene que entonar con igual emoción el himno del país aquel que dejaron sus padres hace tantos años; no puede pasar un fin de semana sin que coma las comidas típicas que saboreaban sus progenitores en su respectiva infancia, o debe asistir a la celebración de la fiesta patria en tierras extranjeras…

Vi a tantos adolescentes fastidiados con este tipo  de exigencias cuando cubría noticias sobre inmigración latinoamericana que siempre me dije: ¿y su propia infancia, y sus propios recuerdos, y sus propias tradiciones, qué lugar ocupan en la casa?

Quizás ahora que tantas familias se están regresando a sus países de origen, se estén dando discusiones de este tipo o los padres se estén dando cuenta de que sus hijos están emprendiendo su propio proceso migratorio dejando atrás amigos, idioma, canciones, recuerdos, lugares, fechas especiales que ellos mismos -en su momento- dejaron atrás cuando decidieron emprender camino a España.

No veo el estado europeo que Artur Mas parece ver tan claro

Imagen de la Diada 2012, tomada de El Mundo

Me preguntan qué opino sobre las intenciones independentistas de buena parte de la sociedad catalana y solo puedo decir que las respeto, como también respeto profundamente su empeño por conservar su lengua. Me preguntan qué opino sobre las intenciones independentistas de Artur Mas y solo puedo decir que me llenan de dudas.

No veo el estado europeo que él parece ver constituido días después del referendum que se propone impulsar, no veo el cambio estructural de gobierno que promete el nuevo estado soberano, no veo el cambio de modelo económico y laboral que se supone se espera del nuevo estado independiente, no veo el entusiasmo empresarial para la generación de nuevos puestos de trabajo que se supone tendremos en el nuevo estado catalán, no veo -en definitiva- nada nuevo.

Veo, eso sí, una sociedad ansiosa por encontrar una respuesta rápida a la crisis financiera en la que está sumida España y con ella, buena parte de la Europa Mediterránea.  Y lo que piensan muchas personas es que si una separación sin anestesia conlleva una mejor administración de los recursos catalanes, pues eso se hará: fractura inmediata sin medir alcances.

Lo que me temo es que ni la Unión Europea admitirá tan pronto y tan fácil a un nuevo estado en pugna (Catalunya) con un estado fundador (España). Y lo que más temo es que ese nuevo estado no tendrá nuevas reglas de juego a nivel económico ni político: serán los mismos de siempre, con su comprobada incompetencia, los que controlarán los pocos o muchos recursos propios que tenga Catalunya. Ni habrá relevo en materia parlamentaria ni se pensará en nuevos modelos productivos ni se planteará una nueva sociedad multicultural, incluyente y democrática. Muy al contrario, me temo que se reforzarán los discursos nacionalistas: excluyentes, anacrónicos y discriminatorios.

¿Y para qué ilusionarnos con una Catalunya próspera y rica si de todas maneras va a entrar a competir en el cruel mundillo europeo donde no mandan los ciudadanos sino los mercados?

¡O sea que… dandóle vueltas  la perdiz, volveríamos al punto de partida!

No sé yo si sería más productivo reformular el modelo autonómico español y reconocer, de una vez por todas, que la Constitución merece ser modificada en éste y muchos otros aspectos. No sé yo si el centralismo que se empeñan en profundizar los adalides de la “España única” está llamado a desaparecer y lo que se pide a gritos es un federalismo. No sé yo si más valdría la pena dejarse de rigideces jurídicas y permitir, de una vez por todas, que los españoles se manifiesten legítimamente a través de referendums  y no se cierre la puerta a la voluntad popular.

No sé yo porque la verdad, ni puedo votar en este país que voy considerando mío sin querer queriendo.